Todos saben de fútbol
Aquí todos saben de fútbol.
Es risible cómo, en una cola para pagar los servicios, las damas acariciadas por los años, tan aseñoradas, tan serias, y que no se permiten un coqueteo porque llevan en sus almas el compromiso nupcial inamovible, serias plantean estrategias, los cambios que más convienen, perfilan la alineación más punzante para vencer, para golear al rival.
Es tiempo de fútbol. Las chicas deliran con sentimientos desbordados, con libertad confiesan que les gustaría hacer el amor con James Rodríguez, su pasión es tan profunda que desinhibidas sueñan el balón como una objeto erótico y el arco como una pasión dubitativa y perdurable que las pone en la cima de su clímax.
Hay argumentos, como argumentos tiene Peckerman para arma la selección. Línea por línea se discute para llegar a la perfección, para armar el equipo porque de la selección depende la vida, depende la gloria, depende el porvenir, depende la esperanza. Por eso cada partido se convierte en un ritual mágico, en una conexión inexorable, en un latente desborde de pasión.
Colombia es el color de las entrañas, el olor de la ambrosía, el frenesí de lo impensable, lo actuante de lo predecible. La selección es la artemisa irrenunciable. No se adorará a otra diosa más que a la selección, sublime por su impronta, inmarcesible por su tono, inolvidable por su danza, refrescante por su sangre, inagotable por el tiempo intangible que marca el gol; para dejar sobre el lienzo la pintura del tenor, el piano perdurable que sondea en un mar de alegría, el viento azul que acaricia en el calor, el agua que transcurre por los dedos, el cielo que alcanza para cubrir nuestras cabezas, la piedra negra para afirmar los pies.
La selección, ese templo verde que motiva, esa cripta gigante que arropa, ese vaivén que impulsa a la tenacidad. La selección nos une y nos separa, nos mezcla y nos determina, nos diferencia y nos confunde, nos salpica y purifica. La selección, el alma de un país en la maestría de hacernos felices, de hacernos colombianos, de hacernos los indios inconfundibles, los negros acogidos, los blancos sin historia, los mestizos que fruncen los lomos de la tierra. Impregnar con la fragancia de la patria tantos corazones desbordados, para suspender tantos llantos derramados. La selección es la sonrisa del optimismo, es la impronta de que podemos muchas cosas, el sello de que somos grandes en este rincón de la tierra, la Latinoamérica del tiempo.
Esta Colombia que nos hace vibrar con hilaridad. Esta Colombia, la de Cuadrado y la Yepes, la del Pide y Asprilla, la de Pambelé y Cochise, la de Nairo y la de Catherine Ibargüen, la de García Márquez y Patarroyo, convierte a sus cincuenta millones de habitantes en entrenadores. Sus once muchachos ya cumplieron. Lo que venga en adelante, forma parte de la gloria, y la gloria, para nuestra felicidad, es ñapa. ¡Viva Colombia!
