Todo nos llega tarde…
Gloria Cepeda Vargas
Eso dice el poeta, que todo llega tarde. Su lírica humareda le enmascara la realidad; no es que nos atropelle el tiempo, lo que sucede es que, dormidos sobre los laureles, despertamos cuando ya no se usa.
Esto a propósito del desafuero permanente en que navegamos. Guerrilla, paramilitares, feminicidios y demás eslabones de la cadena, nos sacan la lengua en cada esquina. Los acoge la ley de Justicia y Paz o entre truenos y relámpagos dialogan en La Habana, mientras los asesinatos, robos y vejámenes llamados de género, esperan la hora del zarpazo. Colombia se convirtió en un claroscuro permanente sin forma y como el universo, sin principio ni fin.
Diariamente a la misma hora, la tele transmite la misma película que a fuerza de recurrente, ya ni siquiera nos perturba. Dos Colombias antagónicas oscilan: una vestida de hojarascas mentales en cuyas expectativas la miseria y el envilecimiento de la parte más desprotegida del rebaño, no son más que fábulas o misereres. La otra reptando a dentelladas, hurgando en la basura, agachándose a recoger migajas y desechos.
La historia moderna del país es tan absurda que linda con la suprarrealidad. País de doctores y togados, de obreros y mendigos, consagra imaginarios a su amaño y es experta en cerrar y abrir los ojos cuando le conviene. Exhibe dos ramas que llama aristocráticas: la forjada en crímenes y transacciones medievales y la nacida y aceptada con el arribo de los ilustres fastos del narcotráfico. Los pocos colombianos que conservan la brújula, languidecen entre la indignación y la impotencia.
Digo una vez más estas cosillas porque me sorprende que nos sorprendamos de las sorprendentes pataleos en el mismo barro. ¿Por qué criticamos los resbalones de Santos y le sacamos a Uribe los trapos al sol? ¡Pero si están hechos en el mismo molde! ¡Si cuando acontecieron los falsos positivos, el uno era Presidente de la República y el otro su Ministro de Defensa! Si las vergonzosas componendas del primero para permanecer en el poder para secula seculorum, eran conocidas, alcahuetiadas y disfrutadas con antelación por su alter ego, forjado con su misma arcilla y quemado en el mismo horno. Lo que sucede es que el ego exacerbado es mal consejero y a pesar de su astucia montañera, Uribe cayó en la trampa y ahora se mesa los cabellos como una plañidera profesional.
Todos conocíamos el armonioso matrimonio consumado entre los paramilitares y el ejército nacional. ¿Será que nuestras entretelas teñidas de azul de metileno desde los tiempos de ruido, no comprenden que el contubernio entre la ley y el crimen es un acto reñido con el espíritu de la democracia y con el sentido común? ¿Por ventura y en nombre de fenecidos privilegios, torcidos hacia la derecha y en la creencia de que todo lo que brilla es oro, callamos ante esta miseria colectiva y dejamos correr el río? ¿Desconocemos el origen de esta degradada guerrilla y por eso divulgamos a los cuatro vientos su más de medio siglo de cruento y desalmado proceder? ¿Ignoramos las abisales diferencias sociales y económicas de la sociedad colombiana? ¿Es nueva y por ende desconocida esta historia donde el pez grande se come al chico y la fuerza bruta prevalece sobre la visionaria del corazón y el pensamiento? ¿Nunca -tan inocentes, tan ingenuos- hemos oído hablar de la violencia ejercida como un deporte de fin de semana, contra las mujeres y los niños? ¿No son desconocidos los rostros femeninos deformados para siempre por el salvajismo masculino, los niños y ancianos que duermen bajo puentes o sobre aceras que si pudieran llorar estoy segura de que lo harían? ¿No hemos oído hablar de las megapensiones obtenidas por desvergonzados funcionarios mientras el salario mínimo amenaza con desintegrarse por exiguo, de los secuestrados, de los hermanitos Moreno y sus hazañas asombrosas, de los hermanos Nule y su brújula para orientarse entre la podredumbre? ¿Nos son extraños los campesinos despojados, la palabra desplazado, la rapacidad institucionalizada, la salud prostituida, la vida que se disputa a dentelladas, las componendas políticas, empresariales, los excesos dinásticos, el desequilibrio de la balanza?
No señoras y señores, esto no es nuevo en Colombia ni para el gobierno ni para la sociedad, no tenemos derecho a emitir aflautadas expresiones de horror como si no supiéramos cómo nos hemos vuelto, cómo nos arrugamos, cómo dormimos sobre la escoria y la demencia, cómo nos encogemos y estiramos.
