sábado, 11 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-02-22 04:57

Todo hay que merecerlo

Froilán Casas

Escrito por: Froilán Casas
 | febrero 22 de 2017

Estamos siendo criados en una cultura de la búsqueda de privilegios y de encontrar los atajos: ¡por aquí que es más derecho! Así atropelle a los demás. Somos exigentes sin haber dado nada: como hijos malcriados que solo utilizan el verbo pedir en todas sus modos y tiempos. El verbo ofrecer, no existe en esta cultura. Acabamos de llegar y ya nos estamos enfermando y buscando excusas para no ir al trabajo. Sin resultados, estamos pidiendo aumento de sueldo. Si hay algo que a mí me molesta es que me pidan una carta de recomendación: por favor, la mejor recomendación la da usted. Brille con luz propia, no busque padrinos. En el mundo de la productividad, deja huella quien es honesto, disciplinado y se pone la camiseta de la empresa, pero más que ponérsela,  la suda. ¡Eh ahí la diferencia! Por favor, marque la diferencia. El perezoso y el incapaz viven buscando excusas, vivirán pobres toda la vida y peor aún, llorando y echándole la culpa a los demás. Una persona proactiva y recursiva, es llorada cuando se va de la empresa. Nunca un buen empresario deja ir a un eficiente trabajador; si es inteligente lo estimulará ofreciéndole más capacitación y, por ende, más responsabilidad y, a la par, mejor salario. ¡Ah! Pero de rémoras y zánganos están llenos los países de la antigua denominación “tercer mundo”, ¡qué ironía! estos son los países más ricos en recursos naturales. Parece que en estos ambientes se constata la sabiduría popular: entre más vacas, menos leche.  Cómo le han hecho de mal las gabelas y privilegios concedidos por directivos sin identidad con la empresa, -sobre todo cuando es del sector público- llevando a la quiebra de la empresa. Aquí se castiga a los puntuales pues solo empieza lo programado, cuando llega el último. Se estimula a quienes viven atrasados en el pago de los impuestos, permanentes amnistías. Nunca se estimula a quienes pagamos nuestras obligaciones puntualmente. La ley de: quien más grita, más leche toma. Cambiemos la ecuación: el que trabaja no come paja, ni bebe agua como un buey. Estimulemos el trabajo productivo, no sigamos subsidiando la mendicidad. Padres alcahuetas, generan hijos malcriados e irresponsables, presentando excusas para todo. Mamás gallinas que nunca dejan volar a sus hijos, cuando se mueren, dejan una generación de enclenques y quejumbrosos. Los jefes bonachones le hacen mucho mal a las empresas, las llevan a la quiebra; otro tanto hacen los jefes autocráticos, no tienen en cuenta el factor humano, solo miden el factor productividad. Miran a los demás como unas máquinas que producen, no tienen en cuenta su realidad humana, su realidad familiar. Pobres empleados de aquellos que han sido esclavos. No hay peor verdugo que aquel que ha sido esclavo. En todo debe haber un sano equilibrio: ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre. Las políticas de una empresa deben apuntar a estimular los resultados obtenidos. La gente necesita estímulos. La calidad total está centrada en el cliente.  Si el cliente interno está satisfecho, rendirá al máximo y atenderá muy bien al cliente externo.