martes, 14 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-11-11 08:38

Tire y afloje

Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | noviembre 11 de 2015

Con una votación de seis a favor y dos en contra, la Corte Constitucional aprobó una ponencia favorable a la adopción realizada por parejas del mismo sexo, dado que desde el 2011, la Corte reconoció que las uniones homosexuales son familia. En consecuencia, estas parejas obtuvieron el derecho  de adoptar a menores de edad sin ningún tipo de limitantes.

Como era de esperar, esto levantó una polvareda de opiniones en pro y en contra. La iglesia, la procuraduría y más del 73% de los colombianos se oponen a esta decisión. “La costumbre es ley”, dice el adagio y con mayor razón en un país como el nuestro,  donde la defensa de la familia tradicional se esgrime como argumento prioritario.

Lo deseable sería que la familia tenida como normal, lo fuera en realidad y satisficiera en todos los casos las necesidades  de los hijos. Lamentablemente, no es así y eso es sabido aun por sus más apasionados defensores. Esto sin tomar en cuenta la enorme cantidad de menores sometidos en Colombia a condiciones de orfandad y abandono. Niños sin hogar, sin identidad, expuestos o incursos en actividades criminales, despiadadamente lesionados  por  todos los traumas, humillaciones y abusos  que imprime  una condición de desarraigo inhumano y hasta inconcebible en  tiempos que cabalgan a la velocidad de la luz.

Debido a los patrones de índole patriarcal que rigen nuestra conducta social, el desequilibrio en la balanza parental es evidente. La violencia intrafamiliar, que convierte al progenitor en un monstruo de violencia incomprensible u hogares donde el hombre llega al extremo de violar sus propias hijas o nietas, muchas veces engendrando de la manera más perversa, niños que serán sus hijos y nietos al unísono, son el pan de cada día, sin que esto le dañe el caminado a una sociedad acostumbrada a cerrar los ojos cuando le conviene.

Yo me pregunto: ¿Es esta clase de familia paradigma social o ético digno de ser tenido como tal o calificado como único modelo? Sé de sobra que abundan las familias que pueden portar en derecho el calificativo de  normales. Pero también que puertas para adentro y más a menudo de lo aceptado, el cuadro de descomposición, de primitivismo cerril, de predominio de la fuerza bruta, es preocupante.

La familia tenida como prototipo de moral entre nosotros, se ha ido degradando o tal vez siempre fue así. No generalizo pero hago énfasis en un problema crecido –con todo lo que tiene de bárbaro- a la sombra de la aceptación o el silencio de las instituciones que hoy colman de plañidos y amenazas los cuatro puntos cardinales del país.

No insisto en ese planteamiento falaz e ignorante de la transmisión genética en la orientación sexual. Creo que todo aquel que tenga el cerebro completo, lo sabe. Pero deberíamos reflexionar acerca de las profanaciones que tienen lugar en el ámbito de muchos de los grupos familiares “normales”. No son simples arañazos. Son heridas profundas y a veces incurables. Entonces ¿Por qué reaccionamos de manera tan irreflexiva cuando se plantea la posibilidad de tomar otro camino? Ahí lo que existe es un malentendido quizá aceptable cuando éramos bestias errantes en la alborada de los tiempos. Ahora caminamos erguidos. Tomémonos el trabajo de mirar objetivamente esta decisión de la Corte y hagamos un inventario  desapasionado de sus pros y sus contras con los ojos del alma puestos en esas criaturas que a pesar de leyes y discursos, siguen  desprovistas del  amor a que tienen derecho, analizando de paso lo letal de poner en manos de la fábula y la costumbre el porvenir de nuestras generaciones de relevo.  Actualizarse no significa solamente estar al tanto de los últimos retorcijones del planeta.

Con excepción de la del papa, no he oído ninguna otra voz eclesiástica que condene de manera tan enfática como lo hace ahora con la disposición de la Corte, el despiadado abuso a que son sometidos los niños del mundo por  absolutamente todos los representantes de instituciones tenidas como respetables. La humanidad y sus circunstancias son  entes en perpetuo proceso evolutivo. Es decir, cambiamos como todas las fuerzas de la naturaleza. Por lo tanto la verdad, inmutable palabra del discurso universal, no es propiedad de ninguna doctrina, religión o grupo político. Omnipresente, ubicua e invulnerable, marca como una brújula, la evolución del animal humano. Intentemos hacer la vida más vivible despojándonos de tanta arrogancia disfrazada de moral. Será la mejor manera de cumplir con los niños y con nosotros mismos.