Tenemos mala fama
Diógenes Díaz Carabalí
Los colombianos hemos ganado fama de anárquicos, bulliciosos, desordenados, delincuentes. Para completar, somos los príncipes de la “Cocaine”; los extranjeros piensan que aquí vivimos sorba que sorba la “blanca y divina eres/ brillas con luz de sol/ te meten por donde quieren/y alucinan con tu son”; como dice en un pésimo poema Bibiana Aranda, cuya nacionalidad desconozco y su trayectoria también. También sobornamos y nos dejamos sobornar. No nos gusta respetar la Ley, ni la hacemos cumplir y la acomodamos según las conveniencias. Pensamos que los delitos son grandes y pequeños, y que estos últimos no deben ser sancionados. Quienes posan de sacoleva “no constituyen un peligro para la sociedad”, por lo tanto no deben ser confinados en una cárcel, sino que los mandan para la casa o les arreglan un cómodo espacio en un Bunker.
Los anteriores son antecedentes con que muchos de nuestros compatriotas llegan a suelo extranjero. “Colochos” nos llaman en forma despectiva los ciudadanos de los países del sur de nuestro continente. Implica que hay que tener cuidado con nuestra presencia. Puede tratarse de asaltantes de apartamentos, como sucede en Santiago de Chile; ladrones de celulares, como sucede en Buenos Aires; raponeros, como sucede en Lima; distribuidores de microtráfico, como sucede en México DF; contrabandistas, como sucede en San Cristobal Venezuela o Ciudad de Panamá.
No sobra decir que los colombianos dedicados a actividades delictivas son una pírrica minoría, pero con la ayuda sensacionalista de los medios de comunicación y el efecto que tiene cualquier delito, elevado a la máxima potencia si termina en un hecho trágico, es suficiente para generalizar el comportamiento y para que se despierte una xenofobia que cabalga por toda Latinoamérica, que fácilmente desemboca en hechos como el presentado por estos días en la zona fronteriza con Venezuela, donde muchos trabajan honradamente, pero también otra gran cantidad se dedica a faenas ilegales.
El problema fundamental tiene que ver con que somos uno de los países más desiguales del mundo. Las oportunidades se manejan en forma corrupta. La manguala, la asociación para delinquir desde la política, la corrupción, la idea de conseguir riqueza fácil, el modelo de ser humano que nos han moldeado los medios de comunicación, los prototipos de personas que hacen apología a los delincuentes convirtiéndolos en héroes, es el origen de la forma de comportarnos, de relacionarnos, de actuar. Aquí se discrimina; apellidos “notables” se creen con derecho de pasar por encima de los demás; se margina a muchas personas de la educación, de los servicios básicos; no nos sonrojamos que exploten a una pobre mujer del servicio doméstico o a un jornalero del campo.
Las causas para comportarnos mal, para dar disculpa de xenofobia está en la formación de nuestros hombres y mujeres, por culpa de una sociedad que no se pone de acuerdo en sus normas de convivencia a la que tanta leguleyada es imposible de transformar.
