Somos pecadores
Álvaro Hernando Cardona González
En una referencia que el año pasado hicimos a la Encíclica Laudato si´, emitida por el papa Francisco en San Pedro del Vaticano, descubrimos que la ecología integral si bien es una visión católica del ser humano y de la creación, es una ecología completa pues va más allá de definir las relaciones entre humanidad y su entorno llegando al componente ético de la misma: el hombre necesita de un entorno adecuado para ser tal (ser viviente y ser inteligente) y tiene un deber para con él no solo porque es el que permite ser hijo de Dios y permite que el resto de sus congéneres pueda sobrevivir adecuadamente. No se trata sólo de “estar vivo” sino de “poder vivir”, osea, desarrollar todo el potencial humano y permitir que los demás lo hagan.
Cada uno de nosotros entonces tiene un deber para sí, del cual parte es proteger el medio natural que le permite vivir adecuadamente, y un deber social que permite que aún si él no quiere vivir, los demás lo puedan hacer.
Hemos pecado desde hace mucho y somos tan estúpidos que seguimos haciéndolo. Ah, que es que eso sólo se lo creen los católicos, pues no. Es un pecado o una violación de los más insignificantes principios humanos el atentar contra sí y mucho más contra el resto de la humanidad. Está en el Corán, el Dharma o el Tamuld. Y es que claro, es más grave hacer daño a 7.500 millones de seres humanos (entre ellos nuestros propios familiares) que hacérselo así mismo.
¿De qué es que hablamos? De un pecado mayor, del mayor pecado que existe: hacerle daño a los demás (ama a los demás como a ti mismo). Es un pecado imperdonable que con cada acto que empleamos hagamos daño al resto de la humanidad.
Desde que científicamente se demostró que cada que talamos árboles y no reforestamos al mismo ritmo, que cazamos sin esperar que la Naturaleza renueve las especies, que emitimos gases sin capturarlos, que superamos los niveles permisibles de contaminación con residuos sólidos y líquidos…no hemos hecho otra cosa más que asesinar y suicidarnos.
En Colombia, uno de los cinco países con mayor disponibilidad de agua del planeta, justo en este instante, existe una de las peores sequías de nuestra historia. Más de la mitad de sus departamentos sufre racionamientos y las temperaturas más altas de los registros se están presentando por todo el territorio patrio.
¿Por qué? Porque hemos sido pecadores. Porque llevamos décadas y décadas arrasando con todo lo que mantenía el maravilloso equilibrio ambiental que nos permite afirmar que somos los seres vivientes superiores de la Tierra y de paso aumentando epidemias, nacimientos con defectos y muertes. Definitivamente el Infierno existe como lo pinta el Apocalipsis: calor sofocante y sed.
