Sicariato moral
José Israel Charry Calderón
Ante todo, no puedo menos que unirme a las voces de felicitación de que ha sido objeto la familia Duque Rengifo por los cincuenta años de Diario del Huila. En sus páginas se ha escrito la historia de por lo menos medio siglo del Departamento, historia de la cual forma parte esta casa editorial, ícono y emblema del pensamiento, la cultura y las costumbres opitas.
Mirar ese pasado nos trae a la memoria nombres y hombres que ejercieron el periodismo con esmero, consagración, mística, pero, sobre todo, con respeto, decencia y decoro, lo cual no significó que dejaran de ser críticos y cuestionadores de los actos de quienes lideraron las empresas o las entidades públicas. Como se hacían observaciones y reparos, también se exaltaban las obras positivas de líderes y conductores de lo público, lo privado o las organizaciones de base y definido acento popular. Así, aparecen personalidades como Fermín Segura Trujillo, Gustavo Hernández Riveros, Fabio Echeverri Campuzano o Delimiro Moreno Calderón, para solo mencionar unos pocos. Paralelamente en la radio estaba el maestro Darío Silva Silva, de quien nos sentimos orgulloso alumno y amigo; Luis Eduardo y Jorge Hermosa Vargas, Leo cabrera, entre muchos. En su mente y en su léxico primaba el valor de cada ser humano y a él se le trataba con clara observancia de los preceptos aprendidos de la urbanidad de Carreño, un especimen extraño y exótico para los comunicadores de la posmodernidad.
Hoy, todo ha cambiado, y de qué manera. El lenguaje es grotesco, burdo, raya con la ramplonería y la ordinariez. No en todos los informativos. No lo hacen todos los periodistas, ni todos los locutores. Pero que algunos se ‘destacan’ por el aprovechamiento indebido que hacen de los medios de comunicación, no es ningún descubrimiento. Es algo que está en el colectivo ciudadano. Y lo que es peor, a la sombra del ‘cuarto poder’ llegan incluso al chantaje y la extorsión a jefes de oficinas o empresarios para que les satisfagan sus apetencias gastronómicas. Da pena ajena que si un Alcalde, Gobernador, Secretario de Despacho o Gerente no contrata una campaña publicitaria en determinados medios, éstos lo convierten en carne de cañón, para decirlo popularmente. Se dedican a buscar pretextos o detractores del esquivo ‘cliente’ para reforzar su charlatanería y poner en ridículo a la víctima. A eso lo llamó alguna vez un Consejo Presidencial: sicariato moral. Qué bien vendría un debate al respecto. Ello serviría para volverle el buen nombre al ejercicio de nuestro sagrado oficio de informar, de ser el puente común entre gobernantes y gobernados, entre el Estado y la sociedad civil. Si errar es de tontos, rectificar es de sabios, según el escritor y poeta británico Kipling. Todo es susceptible de mejorar, diríamos nosotros.
