Señor presidente
Por Diógenes Díaz Carabalí
La desnutrición no está muy lejos, no tiene que irla a buscar a la Guajira. Está en los bordes externos del Palacio. En sus goteras vive gente que no cuenta con un centavo para alimentarse. Y si da otros dos pasos, se va encontrar con familias de cuatro miembros que viven con un salario mínimo. Pagan arrendo, servicios, vestido, recreación, muy poco queda para comer, la dieta es una porción de arroz (hoy incomprable), un trozo de papa, un pocillo de agua de panela y, si acaso, un pálido huevo de granja tipo “C”, es decir de los más chiquitos. ¿Qué nutrida puede estar esa familia?
Pero lo invito a que avance otro poco: Vaya al campo, cerca de Bogotá, y verá compatriotas cuyos ingresos no superan los diez mil pesos diarios. ¿Qué puede comer una familia con diez mil pesos? Los de tierra caliente se alimentan con yuca, plátano, café, maíz. Los de tierra fría con papa, maíz, ulluco. Como dicen mis paisanos de La Plata, ven la presa cada vez que van al orinal. La proteína es para momentos especiales, comen pollo cuando hay una visita y carne cuando cumplen años. Ni se diga de la leche, han olvidado su saborSalga, señor presidente, de los cocteles. Sorprenda a una familia pobre en mediodía. Por lo general los colombianos pobres en las ciudades comen una sola comida, un almuerzo basado en almidones y harinas. El desayuno es un pan de tienda, es decir, de bajo contenido nutricional, con un pocillo de café. El almuerzo, una sopa que si está de buenas lleva un hueso para el sabor, con un seco con más carbohidratos y más dulce por lo general proveniente de azucares procesados. La cena es otro pan con más café o, aguadepanela. Ese menú es repetido porque no se pueden dar el lujo de enriquecerlo. Quedarían mal con el arrendo o dejarían de pagar los servicios. Para completar, si tienen una pequeña casa, tienen que ahorrar todo el año para pagar el predial porque corren el riesgo de ser embargados.
La vida del pobre no es fácil, señor presidente. Ellos luchan todos los días por el sustento. Alcance o no, tienen que comer y alimentar a sus hijos. Las enfermedades se llevan buena parte de su presupuesto, las EPS no los atienden, buscan no atenderlos, les exigen documentos innecesarios, quién diría que una fotocopia es cara pero ocupa la disponibilidad de un pan en el desayuno. Por lo general, señor presidente, los pobres padecen enfermedades por causa de su pobre alimentación. ¡Ah! ¡Alternativas! Pues le cuento, presidente, que si toda la vida me han dado arroz, papa, huevo y aguadepanela muy difícil para mi gusto que entre una verdura, muy difícil comer una ensalada.
La verdad, señor presidente, los pobres viven menos, se enferman más, les cuesta mucho aprender, por lo tanto, señor presidente, invertir en el mejoramiento alimenticio de los pobres es economizar en fisco, es ahorrar en servicios de salud, es economizar esfuerzos para que los pobres aprendan con calidad; los podríamos educar mejor, rendirían mejor en el trabajo, mejorarían sus aspiraciones individuales, por lo tanto no habría tanta informalidad. Y es fácil, es comprometer a las empresas, bajarle a la corrupción, quitar tanta suntuosidad de que gozan los altos funcionarios, tanto protocolo, tanta atención cursi, tanta parafernalia. Lleve a sus ministros a un Consejo de Gobierno a la casa de un campesino humilde para que prueben un “sancochito pelado” y sepan qué significa ser pobre. Hasta saludable sería, bajarían colesterol y triglicéridos. ¡Después no diga que nadie se lo dijo!
