Ser maestro, una gran profesión
Por José Eliseo Baicué Peña
“Tiene que estudiar para que sea alguien en la vida”, es una frase que todos hemos escuchado alguna vez y que se emparenta con este postulado. Y que de una u otra manera influye en nuestro imaginario. Pero en este proceso, a veces no notamos es el papel que cumple uno de los grandes protagonistas de esta encomiable labor: el maestro.
Los profesores, maestros, formadores, educadores, instructures, o institutores, para hablar de algunas formas como suelen llamarlos, constituyen el eje fundamental de todo proceso educativo. Son ellos los ejemplos a seguir de muchos estudiantes, son ellos los que inspiran dedicación e interés por aprender. Son los encargados de proveer y orientar procesos determinantes en la formación y construcción de los proyectos de vida de sus educandos. Los grandes maestros son aquellos que dejan huella y siempre serán recordados. Es decir, al ser maestro se asume una inmensa responsabilidad profesional, pero sobre todo, una incomparable responsabilidad social. De ahí, que el maestro sea un ser comprometido con la transformación de la sociedad desde una metodología de preguntas y diálogo.
Entonces, el verdadero maestro se alza con su papel de sujeto dialogante que no impone su contenido sino que busca junto a sus estudiantes temas de interés que los lleven a un aprendizaje mutuo por el camino de una educación crítica frente al mundo que viven y las situaciones que se les presentan, convirtiéndolos en seres humanos pensantes y reflexivos. Pues en últimas, el rol del educador consiste en proponer problemas y ayudar a sus estudiantes a alcanzar una visión crítica de las posibles soluciones.
La escuela como institución, y el profesor como agente socializador, enfrentan el reto de abrir las puertas del siglo XXI introduciendo cambios en su organización, en su quehacer; y logrando que éstos (los cambios) no se operen sólo en el discurso sino en el accionar cotidiano del profesor.
Vivimos en una sociedad global, en la que para muchos el futuro se presenta incierto: cambian las demandas de la sociedad y de los individuos, la situación internacional es otra, aparecen nuevas reglas de juego y se modifican los roles de las instituciones para dar paso a nuevos actores sociales. Los sistemas educativos no se mantienen inertes, se han iniciado procesos de reformas y transformaciones, derivadas de la concientización del agotamiento de un modelo tradicional que no ha conciliado el crecimiento cuantitativo con niveles satisfactorios de calidad y equidad, ni de satisfacción de las nuevas demandas sociales. El funcionamiento óptimo de los sistemas educacionales se convierte en una prioridad de los países para garantizar la preparación de ciudadanos para sobrevivir en sociedades complejas.
En este marco, la escuela emerge como una institución abierta a las demandas de su contexto y con grados crecientes de autonomía, manifestación de uno de los cambios más significativos que se sucedieron en los sistemas educativos. En respuesta a estas transformaciones, la reconceptualización del rol del profesor es una exigencia de los procesos de descentralización, de autonomía en la gestión de las escuelas y de los cambios que están ocurriendo en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Es decir, hoy, la figura del profesor alcanza mayor relieve que en otras épocas. Y precisamente por ello es que requiere mucha más atención su formación docente. Ésta debe trascender una mera revisión de fórmulas didácticas o un adiestramiento en disciplinas específicas, debe pasar por contribuir a la construcción de ciudadanos a través de la crítica, los valores, la diferencia, y el conocimiento del actual mundo. En últimas, como decía Emerson, el hombre que hace que las cosas difíciles parezcan fáciles es el maestro.
