Seamos gestores de nuestro propio desarrollo
Froilán Casas
Los países subdesarrollados se caracterizan, entre otras cosas, por cultivar una mentalidad de dependencia. Con tantos lamentos por nuestra situación, cultivamos la pobreza. Vamos a cumplir dentro de cuatro años, doscientos años de vida republicana y no salimos de la subnormalidad social. Todos los gobiernos esbozan programas sociales y todos ellos no han hecho otra cosa que alimentar la miseria. Políticas de dar pescado, pocas han sido las políticas de enseñar a pescar. Tal vez, a excepción del SENA, no hay ninguna organización del sector público, que recibe nuestros impuestos, que busque la promoción del hombre. Una buena parte de los tributos de los trabajadores colombianos se van en asistencialismo, generando una cultura de zánganos. Lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta. Y en criollo: no importa que la plata se gaste, lo que importa es que el indio se divierta. Con ese esquema, jamás saldremos de nuestros centenarios llantos. Pareciera que la dirigencia política utilizara el reparto de erario en forma “gratis” para mantener cautivos a sus electores. El voto estomacal campea por doquier. Nuestro subdesarrollo mental es tan atroz que exigimos trasporte, comida y bebida para ir a votar. Quien más nos llene el estómago es el dueño de nuestro voto. ¡Qué horror! Esta es una payasada de democracia. Quienes somos críticos, somos pocos. Un estómago vacío no permite pensar. Primero se debe satisfacer la necesidad primaria de comer y luego un cuerpo alimentado y con las necesidades básicas satisfechas, puede analizar, criticar con objetividad si es educado. La educación no es solamente dar cosas, es primariamente, enseñar a pensar, enseñar a analizar, orientar un proyecto de vida, es vivir de acuerdo con unos valores. No animalicemos al hombre, démosle herramientas para su crecimiento espiritual y social. Quitemos a Dios de la escuela y mañana tendremos una sociedad de buitres. La naturaleza nos enseña a ser constructores de la historia. El águila le lleva a sus polluelos carne casi digerida, a medida que van creciendo les va disminuyendo la ración y el hambre los obliga a volar. Al comienzo los aguiluchos son un poco torpes, lentamente van cogiendo destrezas y en una par de días se vuelven los más diestros cazadores. El águila madre los ve de lejos y está dispuesta a ayudarlos, los va dejando solos y así, ellos son los hacedores de su día a día. Las mamás gallina, no dejan crecer a sus hijos, no les ayudan a luchar. Esos niños mañana, serán unos dependientes sin capacidad para tomar decisiones. Son las personas más inútiles, se dejan ahogar en un vaso de agua, todo lo ven complicado y difícil. Para todo buscan padrinos, no brillan con luz propia. Quien pide una recomendación es porque es un incapaz, ha dejado una pésima imagen de trabajador complicado. La mejor carta de recomendación la das tú mismo. Gánate los espacios, no los exijas. Conjuga más el verbo ofrecer que el verbo pedir. NOTA: gracias a mi estimado y gran periodista Edgar Artunduaga por sus generosas palabras en su columna pasada y felicitaciones por haber sido clasificado como el columnista más leído del Huila.
+ Froilán, obispo de Neiva
