Se masacra el idioma
¡Qué tristeza! La lengua de Don Miguel de Cervantes y Saavedra, la lengua de los romances y libros de caballería como Amadis de Gaula, El Archipreste de Hita, El Mío Cid Campeador; que fueron la expresión de la formación de la lengua de Castilla y León, se golpea, se maltrata inmisericordemente.
La lengua de nuestro genio, José Eustasio Rivera en la Vorágine y en Tierra de Promisión, se prostituye diariamente. El influjo del inglés, masacra nuestro idioma. Es fundamental aprender el inglés, no cabe duda; pero de ahí a mezclar una lengua con la otra, hay mucho trecho. No sabemos hablar bien el español y sí comenzamos a introducir palabras que ni siquiera conocemos el significado.
Aquí en Colombia hablamos español. Se han rescatado algunas lenguas aborígenes y eso está bien; pero nuestra lengua materna es el español. Los daños a la lengua son ingentes. Veamos una muestra del universo del problema. Por ejemplo, los nombres personales. Ya a la niña se le pone como nombre LEYDY, escribiéndose en inglés LADY, y que significa SEÑORA. De modo que de entrada llamamos a la niña, “SEÑORA”, ¡qué horror! Ponemos apellidos como nombres: Washington, Johnson, Kennedy, etc. Es como si a usted le hubieran puesto el nombre de Tovar y que su apellido, fuese González. Y, así podríamos presentar muchos ejemplos. En los títulos de negocios comerciales, ¡qué adefesios! En el fondo es un complejo. Creemos y ¡qué falso supuesto! Que con nombres en un mal inglés, ya somos más importantes y competitivos. Ya no decimos tienda de modas, sino boutique, ¡ah! Es que suena más bonito y, ni siquiera conocemos el origen de la palabra. El “spanglish” de quienes viven en el coloso del Norte, es aterrador. Y qué no decir de quienes creen que por haber vivido algunos años y visitar con frecuencia a los Estados Unidos, “importan” algunas palabras de la lengua de Shakespeare, sin pronunciarlas bien y creen que ya son ilustrados, ¡qué ilusos! Definitivamente, la ignorancia es atrevida.
La palabra chez en francés significa en casa de. Pues vea usted, tal palabra la estamos empleando sin ton ni son. Como quien dice, “oímos cantar el gallo pero no supimos dónde”. ¡Qué lío! Con esta globalización lo tenemos que aprobar todo. Se va perdiendo la identidad cultural. Nos estamos volviendo ciudadanos del mundo. Somos de tantas partes que al final no somos de ninguna. Es como el hombre que se cree un semental y vive experimentando y demostrando ilusoriamente su hombría y al final muere solo, no se ha afincado en ningún hogar. Los muchachos, con muchas excepciones, salen tan mal preparados del bachillerato que ahora se han tenido que introducir en el plan de estudios de la educación superior, cursos de lecto-escritura. Muchos no saben diferenciar un adverbio de una preposición; un artículo de un pronombre. Y qué no decir del acento ortográfico; las tildes desaparecieron de la escritura. La gente no sabe distinguir el acento fonético del acento ortográfico. La construcción gramatical está por el suelo.
Aprender un idioma es hermoso. Ojalá un buen número de colombianos sean bilingües y trilingües; eso es una riqueza cultural. Pero, por favor, no perdamos la riqueza de nuestra lengua. Superemos los complejos culturales. Nuestro idioma lo hablan unas setecientas millones de personas en el planeta. En Estados Unidos ya el español es la segunda lengua. Hay que fomentar la lectura. Deberíamos exigir en los planteles de secundaria y aún de educación universitaria la lectura de un libro por mes. A propósito, ¿qué libro está usted leyendo en el momento?
+ Froilán, obispo de Neiva.
