miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-07-01 07:02

Se llamaba José Eustasio Rivera

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 01 de 2015

“Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Así empieza el relato épico y terrible transcrito en las páginas de “La Vorágine”, novela  considerada como un clásico de la literatura hispanoamericana cuyo autor,  José Eustasio Rivera, nacido el 19 de febrero de 1888 en un pequeño pueblo de San Mateo, hoy Rivera (Huila), renovó la novelística colombiana abstrayéndola  del localismo detallista o costumbrismo tradicionales. Hasta su aparición, el 25  de noviembre de 1924, solo  la “María” de Jorge Isaac (1867), representaba entre nosotros,  una obra de dimensión universal. La novela de Rivera, una de las más importantes dentro del modernismo latinoamericano, a más de renovación estilística y temática, denuncia valerosamente la explotación sistemática de la amazonía y la Orinoquia  colombianas, realizada por  agencias caucheras de Colombia, el Perú, el Brasil y Venezuela. La nefasta casa Arana, esclaviza de por vida, viola y asesina en un vórtice que escapa al más elemental concepto de humanidad,  miles de hombres indígenas y blancos. La narración de este capítulo de nuestra historia tan desconocido como escalofriante, constituye un documento histórico de valor indiscutible. Su autor devela abismos carniceros, crueldades  y vilezas nutridos con la indiferencia del Estado. Son los ríos sin rienda, las verdes dentaduras chorreantes de savia y destrucción, árboles cupulares donde arden como brasas demenciales el poderío de la naturaleza y la indefensión de los hombres. Ahí los siringales, suplicio del cauchero, las niñas “bárbaramente descaderadas por sus amos”, el caucho como espejismo y dogal. El uruguayo Horacio Quiroga, lo señala como “El libro más  trascendental  que se ha publicado en el continente” y designa a su autor  como “El poeta de la selva”. Es la primera novela colombiana de denuncia social. Para escribirla, Rivera apeló al conocimiento adquirido como participante  de la Comisión Demarcadora de Límites de Colombia con Brasil, Venezuela y Perú. Por eso este huilense que cortó fugazmente el horizonte literario de Colombia, no debe reducirse solo al campo de la escritura novelada. Fue pionero en el conocimiento y la divulgación de las grandes injusticias colombianas. Su vocero con conocimiento de causa, su presentador en un escenario sordo e insensible. Acucioso observador del paisaje que le correspondió masticar y digerir, lo trasladó en toda su sobrecogedora magnitud a los funcionarios y tribunales de su tiempo. Ajeno a los movimientos literarios del momento, ni Los Nuevos ni la acartonada Generación del Centenario a los que cronológicamente pertenecía, lo atraparon. Inconforme ante  la eterna cojera social de Colombia,  revistió sus harapos con palabras valientes y los echó a volar en las páginas de uno de los libros que honra con más derecho  nuestra escritura y nuestra nacionalidad.