Se justifican los paros
Amadeo Gonzalez Triviño
El pueblo colombiano que es consecuente con las angustias y dramas que se viven en el seno de nuestra sociedad, ha confirmado que realmente son justas las reclamaciones y los paros que se adelantan en Colombia.
Esta afirmación tiene correspondencia con una realidad que nos aqueja, las mingas indígenas, el paro campesino, el paro de camioneros y los reclamos de las negritudes y afrodescendientes, son el fruto y la consecuencia directa con una situación de abandono y desidia que desde las esferas mismas del Gobierno Nacional, se direccionan para prohijar la corrupción, la impunidad, el crimen y la falta de políticas sociales en beneficio de las comunidades en general.
Que la pobreza sigue su rumbo campante hacia la miseria, el mal funcionamiento del sistema de salud, la precariedad en el proyecto educativo nacional, las políticas disfrazadas que sobre índices equivocados nos muestran el desempleo y la ausencia de políticas criminales, todos ellos en conjunto se entrelazan con las formas como los partidos políticos se arropan con la mermelada y toda clase de prebendas para hacer posible todo cuanto se corresponde con una presunta paz política, son además los resultados que más nos afectan y que muchas veces no queremos reconocer en nuestro entorno.
Mientras el país sigue desmoronándose en sus propia institucionalidad, un grupo de alzados en armas busca la forma de participar en la política oficial, busca la forma de enrolarse en el gobierno mismo y de pretender generar una falsa expectativa de paz, que es imposible cuando no se dan las condiciones sociales o políticas para que las causas y los fenómenos generadores de la violencia en Colombia, alcancen niveles o proyecciones de solución en los próximos cincuenta años. Téngase en cuenta que no se están negociando postulados ideológicos sino la participación política de aquellos en una sociedad desigual y manejada con intereses contrarios al reconocimiento de la dignidad humana.
No somos pesimistas, pero esa indiferencia y esa complicidad del silencio con los actos de corrupción que se suman a la ineficacia de una Administración de Justicia y a un ejercicio arbitrario de sus propias razones por quienes ejercen el poder, han terminado por endurecer la coraza del pueblo colombiano, hasta el punto de que nos hemos vuelto resistentes a toda clase de vejámenes y de atentados contra nuestra dignidad, que se nos hace difícil comprender, que haya sectores de la población que tienen el coraje y la fortaleza para exigir y demandar protección por sus derechos y no dejan de reclamar a como dé lugar, su reconocimiento y su valoración en nuestra sociedad colombiana.
Hagamos un frente común, generemos espacios para la solidaridad, para el acompañamiento y volvamos los ojos por rescatar la dignidad de nuestras gentes. No nos lancemos contra los campesinos o contra los indígenas por las formas y los métodos utilizados en la reclamación de sus derechos, hagamos viable y posible que el Estado Social de Derecho, que no ha sido leal con los movimientos de antaño, cumpla sus finalidades y haga posible el restablecimiento de las condiciones mínimas de vida que se reclaman.
