martes, 14 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-12-17 09:14

Se fue al padre Jaime

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 17 de 2015

La vida nos regala satisfacciones. En ese caminar quingueado, nos encontramos con personas que alimentan nuestra felicidad, así los recodos del río que vadeamos sea escabroso y zambullirnos en sus remansos nos produzca miedo. Es lo que nos hace decir que si volviéramos a nacer recorreríamos el mismo sendero. Sin duda naceríamos de la misma madre y del mismo padre, tendríamos los mismos hermanos, Tendríamos los mismos hijos, nos casaríamos con la misma mujer, estudiaríamos con los mismos compañeros y nos haríamos amigos de los mismos seres maravillosos que nos honran para regalarnos paréntesis en nuestros desasosiegos.

Al padre Jaime Tovar, tuve fortuna de conocerlo en la plenitud de su sabiduría. Era de esos mayores de cúspide blanca que iluminan a su paso. Ágil, se movía con entereza por las diversas ocupaciones que asumía a su antojo, como motor de vida. Era un creyente, y no tenía por qué ocultarlo. Era un pastor con la autoridad y la paciencia que justifica la debilidad. Lo conocí por otro gran amigo, Luis Alirio Nieto, y desde allí sorbimos café negro en las oportunidades de aquellos encuentros que sabía propiciar con absoluta dignidad en el comedor de su Casa Cural. Nunca pude decirle Monseñor. Siempre Padre. Nunca me exigió que confesara mis pecados. Antes sus ojos, abría los brazos, por eso lo llamé Padre. Me sumía en una acogida fraternal y, vamos al café, decía.

Hablaba de arte. De ópera. De libros. Los clásicos, una necesidad evidente. Goethe, obligado. También hablaba de los nuevos, de los últimos y de las últimas noticias, de los escritores gringos y de los franceses, de los italianos y de los portugueses (Qué rica coincidencia que mencionara a Pessoa), de los alemanes y los rusos, de los japoneses y los chinos. Era un enamorado de la lúdica, de la música, del folklor, de la danza, de la buena comida, del buen vino, de los desfiles autóctonos que disfrutaba Así me duelan estas patas. Del bizcochuelo, del tamal, del asado, de las arepas  orejaeperro, del insulso. Era un rebelde con Clériman, pues ni tragaba entero y dejaba que sus feligreses lo hicieran. Protestaba pero sabía de la dignidad.

Lo más memorable del padre Jaime fue ponerse al lado de los huilenses que reclamaban contra la construcción de la Presa el Quimbo. Marchó con ellos. Su protesta alentó el rechazo general a un proyecto que corrompía el paisaje del departamento del Huila y acababa la relación que hombres y mujeres desde la prehistoria han tenido con su río como principal proveedor a sus necesidades. También se puso al lado de los campesinos, de los jóvenes, de las mujeres, de los más humildes; de las personas llevadas a la “periferia” de la droga y la prostitución. Fue un incansable defensor de la autenticidad, de la tradición, de nuestra antropología como sociedad y civilización.

A pesar de sus dolencias, era imbatible, combativo. Gustaba de llamar las cosas por su nombre, en un medio donde todo se disfraza; la cortesía y el protocolo ocultan la mediocridad. Un gran ejemplo de vida fue el padre Jaime. Un gran amigo. Un ser que en medio de sus ocupaciones tenía un instante para procurar una sonrisa, un abrazo, una palabra venida de la sabiduría. Un hombre íntegro, que no sentía asco por su gente. El cielo, al que llamó a hombres y mujeres, lo esperan con los brazos abiertos: ojalá guarde un ladito para quienes hemos sido menos confesionales.