Se desborda la unidad de locos en Neiva
Edgar Artunduaga
Recibo una llamada extraña. Es una mujer que llora, imparable y desgarrada. Hace pausas breves que, sin embargo, me parecen ramalazos de dolor. Presumo una tragedia desmedida. Son los sollozos más azarosos y sentidos que haya escuchado en mi vida.
Cuando logra decirme dos o tres palabras la identifico: es la tía Elisa. Es como si me llamara de un tobogán camino hacia la muerte.
-¡Esto es el infierno¡ me dice, ahora con la voz de un niño que comienza a recobrar la tranquilidad a la vista de su madre. Y yo, aunque es mi tía, he sido madre y padre para ella, confidente y amigo.
La tía Elisa es dueña de un lote de enfermedades, como diría mi amigo Macedonio Fernández, y una sola bastaría para matarla. Pienso lo peor y le pregunto si le hizo metástasis el viejo cáncer de niña.
-¡Es peor¡, riposta. Ella, siempre graciosa, de apunte fácil y buen reir, está irreconocible. Buena lectora de Borges afina sus recuerdos: “No hay cosa como la muerte para mejorar la gente”, afirma abatida, para confirmarme que está “inclinada” (en una clínica) en las más deplorables condiciones.
Recupera la voz y me pide que la rescate. Le pregunto si contrato una ambulancia para que la traiga a Bogotá o prefiere una ayuda de otro tipo.
De repente parece recuperarse (por lo menos el ánimo) y me dice que Neiva está invivible, que el calor supera los 40 grados. Y la refriega política le hace temer por su vida, que sería inminente una matazón.
Me cuenta, entonces, que está confinada en la Unidad Siquiátrica porque cometió la ingenuidad de decir que le gustaba uno de los candidatos, pero omite el nombre “para no complicar las cosas”. A las pocas horas le apedrearon la casa. Después llegaron unos tipos que parecían enfermeros o bomberos, o los de antiexplosivos, y cuando se despertó tenía puesta una camisa de fuerza.
La pobre tía Elisa me confiesa que se siente surumbática pero no loca y se excusa por el llanto frenético inicial. Para demostrarlo, dice que prefiere buscar otro refugio, mientras pasan las elecciones.
Y que escuchó una conversación terrible entre el gerente del Hospital Universitario (donde se encuentra) y otras personas: que a la Unidad Mental no le cabe un alma más. Que la pueden cerrar mañana mismo, igual que la de cáncer, o la pediátrica. Y no por la locura irracional, agresiva y torpe que sacude la ciudad en esta campaña electoral, sino porque hay crisis económica.
Los locos de Caprecom le deben al hospital $19 mil millones, pero sospechosamente mandan la plata a las clínicas Uros y Mediláser. La tía sospecha que hay gato encerrado y funcionarios que se enriquecen ilícitamente. Están quebrando el más grande hospital público del Huila, como una vez quebraron al pobre doctor Moncaleano Perdomo.
La tía me confiesa que piensa volarse en las siguientes horas (de la unidad de locos), pero promete seguir reportándose. Me implora que si no se salva…haga algo por el hospital y por la unidad renal, porque sabe que no está mal de la cabeza sino de los riñones y algún día –más pronto que tarde- allá la tendrán de visita.
