Se busca candidato
¡Qué contradicción! cuando se abre una ventana de oportunidad que no habíamos visto dos generaciones de colombianos, como es finiquitar nuestra desueta y violenta guerra política, tenemos la más tibia campaña electoral a la Presidencia de la que tengamos memoria.
Con el fin del conflicto armado a la vuelta de la esquina, deberíamos andar, medios de comunicación y ciudadanos, mirando con lupa quién será el más apropiado para conducir a buen puerto este frágil barco de papel que aún no se termina de armar en La Habana. El debate electoral debería ser apasionado, con los aspirantes intentando convencer al público de que es él o ella quien más claro tiene el camino. Pero por ahora es un debate chato, donde las ideas vuelan bien por debajo del tamaño de la empresa histórica en la que estamos embarcados.
Por eso necesitamos con urgencia que algún aspirante se despierte. Que le haga ver a la ciudadanía lo que significa que se firme el final del conflicto armado. Que convoque a la solidaridad de los millones de colombianos urbanos para que entiendan qué quiere decir para sus coterráneos de Cartagena del Chairá, El Tarra o Toribío que ya no los sigan matando, bombardeando o desplazando por cuenta de la “revolución” o de la contrarrevolución. Que transmita esa noción de cuánto significará que el reclamo de las comunidades para que los dejen gobernar sus propios territorios no se confunda más con subversión armada (porque ésta ya no existirá).
Como lo puso el alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, en una presentación reciente, “que todo lo que juegue por las reglas, incluyendo la protesta social, incluyendo la oposición radical, es lícito y legítimo”, y en cambio “todo uso de la violencia es simplemente eso: violencia criminal”.
Necesitamos un candidato que inspire y nos ayude a imaginar cómo será vivir en un país con mucho menos miedo. (Curiosamente los dos candidatos uribistas, Zuluaga y Ramírez, hacen todo lo contrario: buscan cosechar votos azuzando el miedo).
Uno realista que diga que la firma del tratado de La Habana no acabará con todas las violencias del crimen organizado y las bandas delincuenciales urbanas o rurales, pero podrá reducir sus espacios de acción ahora camuflados bajo el cariz político. Pero también idealista, que se invente maneras de conseguir que el Estado llegue a las regiones como la gente de esas regiones quiere que llegue. Que les diga a los dirigentes nacionales que pueden confiar en la sensatez de los colombianos, aun de los más dolidos y pobres, para resolver los conflictos sociales con ecuanimidad, una vez les quiten los fusiles de la nuca. Eso es lo que hicieron, por ejemplo, líderes indígenas de Toribío cuando negociaron con éxito un conflicto de tierras con la agroindustria, con la mediación de la academia. Los dos van a vivir mejor que si hubiera recurrido cada cual a un “salvador” armado.
Necesitamos un líder que auténticamente crea en su gente y en las fuerzas benéficas que liberaría en nuestro país tener una democracia sin bozal, una participación sin miedo, una representación política legítima escogida entre la más auténtica y virtuosa gente de los territorios.
Abrió Santos esta posibilidad, pero parece haber perdido el libreto, cuando a estas alturas sigue diciendo que si sale la paz, bien, pero que si no, en realidad no pasa nada porque su gobierno está preparado para seguir la guerra. ¿Se imaginan a Mandela diciéndoles a los sudafricanos eso, que si no nos sale el fin del apartheid, pues nada, volveremos a vivir en él?
Nos hace falta todavía ver a unos de los candidatos creciéndose al tamaño del desafío que enfrentamos.
Por: María Teresa Ronderos
