Satisfacción
Volverse viejo no duele. Como no duele nacer, y sin duda morir.
El tiempo pasa raudo, aquellos años que aparecen como un sueño lejano de cuando caminábamos con paso inseguro, se va enterrando en la piedra dura del recuerdo para parecernos extraños, para marcar el lindero de una época inexorable que nunca volverá.
Y desde esta cúspide contemplamos la satisfacción hecha carne en nuestros hijos. Los hemos sentido en nuestros testículos, depositamos nuestra parte en la despensa de la vida que tiene la madre, los recibimos sanguinolentos con su primer llanto, los ayudamos con las palabras y los movimientos, les enseñamos a conocer el mundo, los tomamos de la mano para ensayar los pasos que nos diferencian de los cuadrúpedos, les enseñamos a utilizar la memoria y las cuerdas bucales, los alentamos a caminar hacia adelante, les enseñamos a reír y a fruncir el ceño, los volvemos caprichosos.
Cuando nuestra frente forma riscos por ver su ansiedad, grandes se vuelven ellos sin que nos demos cuenta. Su mirada horizontal se tiende hacia nuestras canas, para indicarnos que nos hemos equivocado, nos reclaman que pudieron hacerlo mejor y por nuestra exigencia hasta llegan a cobrarnos haberles dado la vida. Los hijos se vuelven grandes para devolver al ciclo primigenio de la vida, pero quién sabe por qué seguimos temiendo a su libertad, a su locura que es la misma nuestra si exploran y construyen su historia marcada tras la penumbra borrosa de los calendarios.
Los años se van y con ellos nosotros. Aparecen los dolores imprevistos, limitadas nuestras acciones, nos dejan hasta las tonadas nuevas y los rasgues de la música. Los comportamientos se vuelven una afrenta sigilosa que mina el gusto, el hincapié inevitable de tantas causas perdidas se abulta sobre los lomos, pero ellos tienen la benigna mirada de soportarnos, de devolvernos los abrazos, de sostenernos con su sonrisa. Es cuando sentimos que no nos pesa, es cuando no nos arrepentimos por llegar a la intolerancia.
Hoy mis hijas son grandes, son mis tesoros escondidos. Las veo en su entereza frente a sus obligaciones. La universidad las mella en el sentido de la madurez con muchas consecuencias preferibles a la ignorancia, enfilada a lo que tienen en perspectiva, al propósito de envalentonarse ante un mundo que rechazan porque lo piensan mejor. Sin duda sus hijos reclamaran por no haberlo cambiado.
Juli, frente al Derecho, clama por justicia y defenderá a los débiles. Es lo que piensa en su tercer semestre. Titulada a lo mejor ni se acuerde de los pobres. Cristi, ad portas de su grado de Química piensa que hemos destruido el planeta, que acoger una mascota ayuda a solucionar nuestra depredación. Las dos son diferentes. Cada una es única. Se capta hasta en sus caricias. Las dos construyen su vida, las dos cogidas de la mano van como si fueran niñas, con la imposibilidad de luchar contra el imponderable.
Juli cumple su mayoría de edad el próximo nueve de mayo. Al día siguiente tramitará su cédula de ciudadanía y su licencia de conducción. Cree que allí están sus alas para levantar el vuelo. Cristi va por la visa americana, quiere desbordar el mundo, traspasar fronteras, denunciar muda el daño hecho a nuestra casa la tierra, así nuestros oídos esquiven sus gritos. Con su madre las miramos: ¡Saben que cuentan con nuestro apoyo!
