S.O.S
Gloria Cepeda Vargas
Un olor a tristeza se toma las banderas. ¿A qué huele la tristeza? Huele a las calles de Caracas, a sus niños hambrientos, a sus ancianos secos, a sus mujeres que revientan como lágrimas contra el piso cuarteado de las doce.
Fuera de lugar los argumentos tantas veces oreados, las mesas redondas, cuadradas, rectangulares, los congresos donde encorbatados líderes políticos lanzan protestas como piedras sin destino, las organizaciones internacionales, las panfletarias Unasures, las paquidérmicas OEAS, los vendidos y comprados medios de comunicación y hasta la hasta ahora lejanísima oleada vaticana. Tanto se oye y se lee, tanto se ventila, se hurga, se repite como si fuera una gotera impenitente, que lo superficial usurpó lo prioritario: la arrasadora embestida de la muerte contra todo lo que aún respira en Venezuela.
Es inoficioso repetir lo que tantas veces se ha dicho ni lamentar la falta de olfato social y político del pueblo venezolano cuando en 1999 le abrió las puertas de Miraflores a un depredador profesional. Hugo Chávez llegó, borró del mapa democrático del mundo la imagen de Venezuela y se murió sin haber rendido cuentas. Fueron más de 15 años de despilfarro demencial, de rapiña inconcebible, de destrucción masiva.
Pero eso ya es historia. Hoy ante la mirada indiferente o cómplice del mundo, Venezuela se apaga. Todo lo inaudito, impredecible, insólito; todo lo que cabe en el imaginario subhumano o en los estremecedores capítulos de un cuento de horror; todo lo que sucede más allá de los fueros elementales o de las entrañas diabólicas, se tomó a Venezuela y la engulló sin que nadie dijera esta boca es mía.
Hablando con una amiga acerca de lo que significa haber llegado a comer basura para sobrevivir, el único comentario que escuché fue éste: “¡Dios mío, qué peligro, qué espantosa contaminación!”. ¿Qué peligro, señora? ¿Eso solo, eso apenas, eso exiguamente? ¿Qué significa para su aséptico bla, bla, tener que taparse las narices para extraer entre ratas, escupitajos y podredumbre, la cena de los hijos y la propia? ¿Qué representan para usted las interminables filas de ancianos transparentes, de niños esqueléticos, de mujeres gestantes, de hombres a quienes les bailan los pantalones y el cinturón, derritiéndose bajo el sol o tiritando bajo la lluvia durante diez, doce, catorce interminables horas, esperando obtener un kilo de azúcar, una bolsa de leche, una libra de arroz que quizá, cuando les llegue el turno, ya se habrán acabado?
Un país de fantasmas se deslíe más allá del Puente Internacional y el acre olor de lo que se descompone, hierve y aúlla sin que nadie se dé por aludido.
