Ricardo Román
Diógenes Díaz Carabalí
Ricardo Román es de esos hombres de empaque completo. No necesita recomendación ni siquiera para entrar al cielo, ahora que ha visto perfilada la realidad en una grave dolencia que lo aqueja. Ricardo Román es de entrañas macizas, pone el corazón en las manos para relacionarse con sus semejantes. Creo que Ricardo Román no ha dicho una mentira, ha sabido sonrojarse a tiempo antes de ponerse pálido a destiempo.
En Popayán y el Cauca todos conocen a Ricardo, o Román, para quienes confunden nombre por apellido. Es Director de “La Nigua”, un tabloide mensual, fundado para mostrar la idiosincrasia patoja de la que tanto orgullo siente, causa de sus desvelos por ver la ciudad descuadernada, añorando la villa de sus antepasados, siempre mejor que la presente. En sí, Ricardo es émulo de la nigua, aquel bicho que introduce sus huevos en los calcañales de los payaneses, los raja, pica y rasca hasta cuando sale a vivir entre los adobes fríos de las casas coloniales, para reiniciar su ciclo. Ricardo Román es una nigua que interrumpe, que narra, que cuenta, que describe una ciudad de nostalgia, a la que muchos vinimos ignorantes de las aventuras en Patojolandia. Nos ha instruido acerca de querer esta ciudad de niebla y montañas, ambas para coger con las manos.
A Ricardo Román le gusta la música, el sentimiento, según dicen quienes amamos la Salsa; del Mambo, del Son, del Bolero; por eso durante muchos años hizo en la televisión local el decano de los programas patojos: “Invitado de honor”; para promover a los interpretes locales, para transcender los sueños con contenido, con ensueño, con rumba pegada al corazón; con la alegría desde los tradicionales rumbiaderos donde coincidíamos para sacudir con frenesí el deseo de mover el tiempo y los amores. Amantes somos de la música completa, la que cuenta con letra, interpretación, swing, cadencia, improvisación, descarga; que no falte la pachanga ni la charanga, ni la guaracha ni el boogaloo.
Ricardo nos convocó a escribir en “La nigua”hce varios años. Lo hemos hecho por solidaridad, lo hemos hecho porque sentimos la responsabilidad de decir algo sobre este entorno que nos cobija. Desde entonces, cada mes, publicamos “La Lampara”, o la linterna como dijo un ignorante senador porque en cuestión de culinaria cualquier adobo mejora el olor de la carne. Mes a mes nos hemos encontrado en un periódico franco, libre, que no se sacrifica por un desayuno o por las celebraciones oficiales del día del periodista. Decimos lo que nos antoja. Nos descarriamos a veces por parecer auténticos. Nos interrogamos a vece por parecer profundos en medio de una ciudad inconmovible; mientras Ricardo Román en su “Lo que vi y oí se desgrana de niguas para apuntalar, para enrronchar.
Este hombre cuenta con un hogar maravilloso. Tres hijos y su esposa, puntales de las locuras que en la seriedad de Ricardo Román se complacen. Los cuatro son acogedores, amables, sencillos. Comparten los sentimientos del padre y esposo, para indicar que en la carrera Novena, entre calles Quinta y Sexta, vive un paraíso, el jardín de una familia para entender que es posible el amor, la amistad, la lealtad. Escribo esta nota como un sencillo homenaje a un hombre dado a sus amigos. La escribo para decir que debe seguir viviendo con su presencia, con su sonrisa, con su afecto entre el corazón de los patojos.
