Revolución social desarmada
Por Aníbal Charry González
La frase que da origen al epígrafe de este artículo no es de mi cosecha, la acuñó el exministro de Justicia Alfonso Gómez Méndez en su columna de El Tiempo el pasado miércoles frente al proceloso estado de cosas que vive el país, similar a la peste de Orán que describe en su obra Albert Camus, por aquello de que no nos podemos librar de ella, traducida en el ejercicio perverso de la política nacional con unos poderes públicos clientelizados y corrompidos, la carencia de justicia y la impunidad judicial, social y política que ha hecho posible el mayor desprestigio de nuestras instituciones generado por la purulencia ética y moral de quienes las integran y dirigen.
Gómez Méndez en suma habla de una democracia bloqueada que no tiene los instrumentos para desbloquearse por sus canales institucionales, proponiendo la dramática solución del levantamiento social frente a la tiranía como ha ocurrido en otras latitudes, pero que desgraciadamente no será posible jamás en esta Colombia individualista, carente de conciencia colectiva y manipulada desde siempre por una dirigencia política pérfida que ha combinado todas las formas de lucha para mantenerse en el poder, sabedora de esa inacción social que ha permitido la perpetuación de un sistema oprobioso y excluyente cerrando los cauces institucionales para cambiar el régimen pútrido que tenemos, donde el accionar de los malos es el que sirve de ejemplo y el de los buenos de burla como dijera Demócrates.
Razón tenía el Libertador Bolívar cuando afirmaba que cada colombiano era un país enemigo, y que todas las ideas que proponía su dirigencia eran para dividir a conveniencia y no para unir a los colombianos en propósitos comunes, que ha hecho posible que no nos libremos de esa peste que nos ha agobiado en toda nuestra vida republicana, que a su vez ha hecho imposible que no pueda triunfar ninguna revolución armada ni desarmada como la que propone estérilmente Gómez Méndez, al ser manipulados y dominados por élites y dinastías políticas corruptas y perversas, sagaces para mantener el establecimiento de cloaca que nos arropa.
Ya lo decía Carlos Pizarro en carta enviada a su moribundo padre, que fue comandante de las Fuerzas Armadas, hace 35 años: “Ante nuestros ojos sorprendidos apareció una nación adolorida. Esa patria que tú y nuestros antepasados quisieron para nosotros no fue el país que recibimos. Durante los últimos años, la rectitud, la honorabilidad y la justicia se han visto como nunca antes, desterradas. Sobre los dineros del Estado cayeron aves de rapiña y hoy dilapidan la riqueza nacional. Una clase política oportunista y perezosa comenzó a traficar con las leyes, con la justicia y con los puestos públicos. Hoy para vergüenza nacional se cambia una reforma constitucional por un incremento en las dietas parlamentarias. La democracia, la heredad de todos los colombianos, se cambia por el usufructo del poder ejecutivo. Tantos votos se cambian por tantos puestos públicos”. Nada cambia. Qué podemos decir ahora para justificar una revolución social desarmada que nunca vamos a tener. Seguiremos perdidos, como lo sabe Gómez Méndez.
