Revelación, luz y oscuridad
P. Toño Parra Segura
Antiguamente esta fiesta de la Epifanía integraba el nacimiento de Jesús y no se celebraba en épocas distintas; después de unos siglos se conmemoraron las dos fechas con liturgias apropiadas.
La Revelación de Jesús primero fue a los humildes pastores representante de los pobres y luego a estos sabios de oriente, popularmente conocidos como los reyes magos.
Históricamente ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos, pues tampoco los Evangelios tienen estas determinaciones.
La Revelación es una sola en diferentes sitios y a distintos personajes. También hoy se sigue manifestando a todos los hombres con actitudes diversas.
Para unos es siempre luz, claridad y transparencia, para todos aquellos que lo aceptan; para otros se convierte en el cumplimiento de la profecía de Simeón a María cuando le anunciaba que sería piedra de tropiezo, de rivalidad y de soberbia.
Es mejor de todas maneras caminar con la estrella de Jesús aunque sean caminos desconocidos, que habitar en los palacios de Herodes donde se busca la imagen, la arrogancia y la persecución del inocente.
La fe es un proceso, a veces doloroso, que tiene mucho de riesgo y de aventura. Estos personajes aceptaron le reto de desinstalarse, de dejar sus comodidades y de caminar en búsqueda del Rey de los Judíos. Dios tiene un lenguaje apropiado para cada persona y dialoga con el hombre a través de los hechos y acontecimientos de la historia.
Ni a los pastores les hubiera dicho algo la estrella ni a los sabios el cántico de un ángel.
También la forma más fácil de que la Palabra llegue a cada persona es conocerlo no solamente de nombre, sino de su propia identidad.
Dios ya no hace el estruendo el Sinaí, ni los prodigios del desierto para guiar a su pueblo. Como envió a su Hijo y lo hizo Carne para que habitara entre nosotros, ya no hay que buscarlo en la letra fría de los códigos, sino en la intimidad del corazón. Allí siempre lo encontraron todos los convertidos.
La mentira y la farsa de Herodes se repite en muchos personajes de pequeña estatura, cuando quieren competir con la santidad de Jesús; se les olvida que los enanos siempre serán enanos aunque suban a los Alpes.
Siempre que se camina con sinceridad en la búsqueda de Jesús, Él le sale al encuentro al hombre y éste se convierte en la gloria de Dios, como decía San Efrén.
La enseñanza que nos da esta fiesta es seguir el proceso de nuestra fe con decisión y entusiasmo; sino tenemos mucho que ofrecerle a Dios, Él no necesita de holocaustos ni de mucho incienso ritual; prefiere que apliquemos la “kenosis” que Él experimentó en la encarnación, que nos escondamos de los halagos del mundo, porque este repite con frecuencia las intrigas de “protagonistas de nuestra tele” o “la granja” en donde no triunfan los mejores sino los lagartos.
La oscuridad de Herodes era mental y no le dio resultados aunque hacía alarde de querer adorar al Recién Nacido.
Si la Epifanía es la fiesta de la luz, llevémosla por dentro porque seguramente nos guiará hasta ponernos a los pies de Jesús.
