Remembranzas
Jhon Jairo Trujillo Quintero
He preferido refugiarme en las profundidades de mis pensamientos, en lugar de ceder ante la vacuidad de los placeres frívolos. He acampado en mis silencios, en los gritos de mi mente, en la penumbra de mis contradicciones. Escapar del mundo me es imposible, a menos de limitar cobardemente la existencia. Por esa razón, he fabricado un universo de sensaciones y deseos en el mar insaciable del pensar.
Pero te confieso, la soledad es aún más cruel cuando los recuerdos se desvanecen. Las fantasías del pensado en ocasiones alivianan el peso de las circunstancias. Al perderme en mis pensamientos, encontré el laberinto de mi simplicidad ignorada, entendí a la perfección la desolación de mi alma, la angustia reprimida, la felicidad apagada. Todo parecía desmoronarse y se parecía mucho a la tristeza.
Mucho tiempo después, pudiendo ser un segundo o toda una vida, te reconocí en una constelación de estrellas nacientes. En la cruel noche del olvido, apareciste como un recuerdo diáfano, alentador e inevitable.
Desde ese momento te pensé con intensidad sosegada. Surgiste de la nada, para inundar el todo de mi alma. Te recordé desde los momentos más memorables hasta los detalles más insignificantes.
Quise estar a tu lado, al menos por un instante, para robar la fragancia de ese jueves por la tarde, la sonrisa frente aquel ocaso impertinente, la mirada extasiada de una noche de abril.
Pero como vez, me encuentro sólo y muy lejos de tu tacto. El egoísmo de la distancia nos aleja, mas el fecundo anhelo de buscarte es mi aliento cotidiano. No me olvides, te quiero con la sinceridad imperceptible de la prudencia, pero con la firme esperanza de no claudicar a la quimera del acaso.
