Reflexiones para después de Semana Santa
Pedro Arias
Desde la Constitución de 1991 todo colombiano puede creer, seguir o profesar libremente la religión o el culto que mejor se acomode a su pensamiento filosófico o religioso. La Iglesia católica, que por largo tiempo fue la religión predominante de la nación, ya no es la rectora ni la guía del Estado, sino una comunidad como cualquier otra de las que se reúnen para orar y practicar sus ritos y para resguardar y educar a sus fieles en sus doctrinas. En otras palabras, constitucionalmente, Colombia es un Estado laico.
En aquellas épocas, no muy lejanas, en la Semana Santa se hacía una especie de paréntesis espiritual de silencio y de oración para repasar las enseñanzas de la iglesia sobre la muerte y la Resurrección de Jesucristo.
Ahora, en nuestro tiempo, la Semana Santa sigue siendo para algunos la oportunidad de practicar el mismo rito de oración y de respeto por las creencias cristianas, pero para una gran mayoría ya no es así. Es una semana de vacaciones, una pausa en el comienzo del año, una oportunidad de negocio turístico e incluso, una semana para poner al día el trabajo atrasado.
Ya son muchos menos los que acuden a las procesiones y a las misas; muy pocos los que ayunan o creen en absurdos agüeros y mitos estrafalarios, aunque los colombianos sigan siendo personas religiosas.
Son tiempos laicos, pero con cabida para tantas religiosidades, que la historia de Cristo se convierte también en el recordatorio de que nadie puede ser perseguido por sus creencias.
Está bien que cada cual se tome la Semana Santa como quiera tomársela: como unos días dedicados a las ceremonias de la fe, o un fin de semana largo para disfrutar del descanso o de la rumba o de la pasión, como decía un gracioso, o de lo que sea. Pero no nos cabe la menor duda de que estos días pueden servir para hacer algunas reflexiones sobre lo que acontece en este país.
La mayoría de los colombianos crecimos en hogares católicos, algunos no practicantes, y otros muy recalcitrantes que enseñaban a los niños a odiar a los ateos, a la gente sin fe y sin Dios, a los sospechosos de llevar vidas licenciosas y desordenadas.
Después, en sus años de adolescentes, les enseñaron a odiar a los comunistas, gente rara que no creía en el trabajo ni en la propiedad privada; y les enseñaron a odiar a los negros, por perezosos y sinvergüenzas que “si no la hacen a la entrada la hacen a la salida”.
Debemos admitir, aunque nos duela, que la “educación” casera a la colombiana ha sido siempre para prevenir a los hijos en contra de algo o de alguien; los consejos son para defenderse, para contraatacar, para no dejarse de nadie, para protegerse de los demás.
Crecimos escuchando a los seguidores de una creencia religiosa despotricando en contra de las otras creencias, incluyendo a los judíos y a los musulmanes; o condenando al fuego eterno a los ateos y a los masones; los de una tribu urbana trazando sus fronteras imaginarias para atacar a los que se atrevan a cruzarlas; los del norte contra los del sur, los del sur contra los del norte; ciertos fanáticos discriminando con furor a los LGTB; todos contra los guerrilleros, algunos contra los paramilitares; la mayoría en contra de los extranjeros que tienen costumbres raras. El ambiente es de “todos contra todos”.
La mayoría de nuestras taras espirituales tienen su origen en una educación cuya base fundamental es el odio. “Nos alimentamos de él, no sabemos vivir sin su influjo contaminante y nefasto. Y lo peor de todo es que es muy fácil de contagiar. Así crecimos, así hemos vivido: aprendiendo siempre a odiar a alguien” (Mario Mendoza-El Tiempo). Las consecuencias las hemos vivido en centurias de guerras y en éstos últimos sesenta años de violencia guerrillera.
En estos tiempos de reflexión debemos pensar en el peligro de dejarnos manipular, azuzar y enfurecer por liderazgos inescrupulosos que se pavonean llamando a la polarización y se alimentan de los miedos de los ciudadanos cansados de su suerte. El mundo siempre ha estado lleno de Poncios Pilatos que se lavan las manos y entregan a cualquiera a la furia de las muchedumbres.
Hemos visto cómo ciertos políticos fabrican sus propias versiones de los hechos; lanzan por las redes sociales o por los medios de comunicación, a diestra y siniestra, toda clase de mentiras y cruzan las fronteras de la calumnia y de la injuria sin mayores consecuencias.
Vale la pena haber usado los llamados días santos para reflexionar sobre las responsabilidades que tenemos dentro de una democracia tan poco fuerte, como la nuestra, y analizar lo fundamental que es exigirle a los líderes “la prudencia que hace verdaderos sabios” y a los liderados una dosis de buena educación, que trascienda sobre las creencias que debemos compartir, más allá de las religiones, a ver si, al fin, podemos vivir en un país en paz y sin odios.
