Radiografía de una familia incomunicada
Por Froilán Casas
Amigo lector, permítame presentarle la lectura de la vida cotidiana de una familia citadina. Claro que el mundo se ha vuelto una aldea global pues hoy todos los hechos se transmiten inmediatamente como vasos comunicantes. Bien, veamos. Es una familia compuesta por cuatro personas: los esposos y dos hijos universitarios. Cada uno tiene línea de teléfono celular. Como toda familia empeñada con el trabajo, cada mañana salen muy temprano a responder por los compromisos laborales o académicos. De manera que durante la semana laboral nunca comparten el almuerzo. Bueno, el desayuno, tampoco, pues cada uno parte a distinta hora. Como regresan a su residencia ya entrada la noche, pues tampoco se encuentran para compartir la cena. Por otra parte, como hay dos salas de televisión, para evitar el conflicto generacional, se establecen dos grupos bien diferenciados en esa pequeña célula social. De modo que cada uno “no interviene” en la vida del otro. Ahora se llama “vida privada”. De pronto el sábado o domingo pasan a manteles, bien sea al almuerzo o a la cena y entonces comienza el diálogo con el otro lado de la línea: los padres con los diferentes clientes del mundo laboral, porque no alcanzaron las horas de la semana y de trabajo de cada día, para concretar los últimos negocios y compromisos. Y justo, a las horas de las comidas (único momento de encuentro familiar), se tiene que aprovechar ese “espacio” que queda para concretar los últimos aspectos de la vida laboral.
Los hijos dialogan con sus amiguitos (as), para concretar la rumba, el cine y la barra juvenil; porque durante la semana el “exceso de estudio” les ha impedido conversar y detallar lo pertinente. Total en la familia de cuatro miembros, cada uno vive su mundo. ¿Cuándo dialogan entre ellos?
Tres décadas antes del celular se daba el mismo fenómeno: la televisión, la revista, el periódico, ocupaban el primer puesto en el comedor. La urbanidad que vimos los de mi generación, nos establecía unas reglas de convivencia y se nos decía, entre otras cosas, que a las horas de las comidas no se discutiera, se hiciese una oración antes de tomar los alimentos, se bañasen las manos, la cabeza descubierta y ahora sí, a disfrutar el menú organizado por mamá.
¿Qué calidez de familia! La familia crecía unida y con parámetros de comportamiento que la distinguían de las demás. Los viejos no se veían como una carga y nadie se sentía huésped en su dulce hogar.
Cada quien cosecha lo que siembra. En estas familias postmodernas los hijos crecen silvestremente, siguiendo la ley de la jungla: “sálvese, quien pueda”.
El “chatear” con los de afuera no permite dialogar con los de adentro. ¡Qué paradoja! Los lejanos resultan los más “cercanos”. Por qué se queja de sus hijos, si usted los ha deformado así. Usted nunca ha tenido tiempo para ellos. Sus negocios y su vida social, no le han permitido encontrase con su familia Si usted no cambia, será víctima de su propio invento. ¡Qué contradicción!
Hoy con tanta comunicación, cómo hace falta la comunicación. Por favor, priorice su escala de valores y verá los resultados en el mediano plazo. Que su casa no sea un hotel, sino un dulce hogar que atrae y fascina el encuentro de la familia. A la hora de la enfermedad y del fracaso sus “amigos” no estarán a su lado. Si ha tenido buena relación de pareja, sólo su cónyuge lo acompañará.
Si sus hijos han sido bien formados, en el otoño de la vida, disfrutarán lo que han sembrado con amor. Si no ha sido así, asuma las consecuencias y no se lamente, usted ha sido el constructor de su futuro. Si usted sólo ha vivido para sí mismo, morirá solo y aislado. Nada viene por arte de magia o generación espontánea.
No se queje del presente, si en el pasado no ha sembrado más que egoísmo y ambición. Suba con agradecimiento, para bajar con alegría y satisfacción. Lo que se empieza con arrogancia, se termina con vergüenza.
*Froilán, obispo de Neiva
