Por un nuevo país
En Colombia no existen y no han existido políticas sociales.
Por Amadeo González Triviño
Después de ocupar el primer lugar en población desplazada en el mundo, según informe dado a conocer en los últimos días, consideramos que ningún acuerdo político y ninguna de las decisiones que con tanta insistencia se pregonan como el camino para la paz, hará posible que al menos un cinco por ciento de esa población, regrese a su lugar de origen.
Nos atrevemos a hacer esta afirmación, luego de comprender, que el origen de los conflictos sociales internos que vive nuestra nación, no son fruto de una confrontación entre la guerrilla y el ejército colombiano, sino que son parte de ese andamiaje de desintitucionalización, de pérdida de credibilidad en los mecanismos de justicia que existen en nuestro país, y lo peor de todo, por la forma como la corrupción y la política, van tomados de la mano en la construcción de una seudodemocracia, como la que nos han vendido desde 1991 y que data de 1886.
En Colombia no existen y no han existido políticas sociales. Es un Estado que a partir de sus propias instituciones ha creado una cultura difícil de erradicar en el seno de la sociedad misma, donde la práctica del individualismo y las formas de usufructuar el poder político y su participación en la cosa pública o en el aprovechamiento del cuarto de hora que se tenga en cualquier entidad pública o privada, son suficientes para arañar, para apoderarse, para enriquecerse en forma fácil y tergiversar los controles y las instituciones encargadas de la trasparencia o de la vigilancia de dichos recursos.
Nuestra cultura es dual. Se pregona la legalidad, pero se convive en la ilegalidad. Se ampara y se protege la ilegalidad con supuestos falsos de legalidad. Es una simbiosis de una cultura donde la participación egocéntrica, supera todos los conceptos de tolerancia, solidaridad o participación comunitaria.
Para participar en la vida política, se requiere tener una doble faz, una doble moral, y ese es el principal artífice del común denominador de nuestra forma de ser, que es imposible de erradicar, que es imposible de confrontar, cuando se han salpicado todas las estructuras del poder público, en todas sus formas, hasta hacernos sangrar con métodos y formas de corrupción, que están generando impunidad y una sociedad del crimen y del delito, difícil de superar.
Solo mediante la fórmula de acuerdos de convivencia, solo mediante proyectos colectivos de índole y origen ciudadana, será posible repensar en éste país. No son los grupos políticos o las segregaciones religiosas, o los grupos de izquierda o las organizaciones no gubernamentales, todos ellos con partidos políticos o movimientos afines, quienes hayan de hacer las transformaciones sociales que tanto se requieren, porque está demostrado que no han servido para nada.
Acuerdos de convivencia donde se rescaten los principios mínimos del ser humano en sus valores intrínsecos. Donde la solidaridad y la participación comunitaria, tengan una ventana abierta para convocar y socializar esos mecanismos que hagan posible ese juicio de responsabilidad histórica contra la clase dirigente, que tanta falta nos hace y que debe hacerse tarde o temprano, para rescatar lo poco o casi nada que nos queda: una moral del cambio, de la regeneración. Un nuevo país.
