Por la paz: comprensión y misericordia
Ante un encuentro, impensado hasta hace unos pocos meses, de las víctimas de la violencia armada con sus victimarios, algunos sectores sociales vienen dando muestras de impaciencia e inconsecuencia frente al desarrollo del proceso de paz:
se advirtió que las deliberaciones se adelantarían en recinto cerrado, aunque se han brindado mecanismos de participación en foros regionales y virtuales, pero unos extrañan la romería que otrora “Raimundo y todo el mundo” emprendieron hacia San Vicente del Caguán para hacer fila en los discursos ante una concurrencia influenciada por la novelería turística y la figuración social.
Se aclaró que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”, pero otros, a pesar de los informes conjuntos y los reportes periódicos ante los medios de comunicación, exigen que se publiquen detalles sensibles que hacen parte de la discreción convenida; reclaman la firma de acuerdo inmediata como si dos años fuera mucho tiempo para agotar los puntos de una problemática madurada en más de seis décadas.
Hay quienes no aceptan que ante un acuerdo los guerrilleros reciban tratamientos especiales, pues con un solo rasero quieren verlos a todos confinados a la cárcel perpetua, mientras invitan a marchar contra el terrorismo sin invocar la reconciliación, porque les pinta mejor el oportunismo político-belicoso y no los colores de la reconciliación.
Se encomendó a La Conferencia Episcopal Colombiana, la ONU y la Universidad Nacional, el imposible relativo de seleccionar 60 personas como representantes de las aproximadamente ¡6’500.000 víctimas! del conflicto armado; pero cuando regresaron de La Habana los primeros 12 delegados, ya se escuchan voces que, sin conocer la lista completa, empiezan a descalificar nombres para postular los propios. De los flagelos de la muerte, falsos positivos, violación, secuestro, destrucción, desarraigo, reclutamiento, contaminación, desabastecimiento, etc., no se escapan las familias ni de los civiles, ni de los militares y guerrilleros.
Hay mucha injusticia y heridas sin sanar. Pero si nos vemos como hijos de una misma patria y un Dios común; si nos desnudamos en la cruda verdad, para contemplarnos cara a cara teniendo el coraje de perdonar y de pedir perdón; si vomitamos el vinagre del dolor; y si calmamos tanta sed de retaliación como nuevos victimarios, le estaremos concediendo a la paz el tiempo, la paciencia y los gestos de misericordia que necesita.
