Populismo
Por Gloria Cepeda Vargas
¿De dónde vendrá esta palabra, tan llevada y traída? ¿De qué derrumbe o sopor colectivo habrá surgido su temible sibilancia o su piel embarrada en el cambio cromático de los cielos de otoño?
Mi viejo diccionario Larousse la trata con benevolencia: “populismo –dice- es el régimen político que intenta buscar apoyo en la masas populares y que desea defender a éstas”. De ser así, el movimiento de marras sufrió amputaciones y toleró añadidos que lo convirtieron en una “masa amorfa, cubierta de agua y de tinieblas”, como rezaba el catecismo Astete cuando intentaba describir el estado del mundo antes de la irrupción divina.
En atención a la conducta matrera que despliega con lujo de arandelas en cada carnaval electoral, populismo no es una palabra, es una palabreja; no es una doctrina, es un libelo entre sandunguero y torrencial; no es una verdad, es una mentira plagada de embrollos, turgencias y concavidades. Posee el mimetismo del camaleón y el encanto del embeleco. La fuerza del huracán y la flexibilidad del junco. Asexuado y atemporal, como las cucarachas, medra en los ambientes más hostiles. Como Penélope, no se cansa de tejer, como las sirenas, no cesa de cantar. Es políglota y ecléctico, tiene ojo de termómetro para medir la temperatura y conoce la fórmula adecuada para rebajar calenturas y dosificar esperas. Todos conocemos su prontuario y sin embargo luce inimputable.
Populistas son los enamorados, las propagandas de televisión, las profecías del zodíaco. Los vendedores de ungüentos camineros, los libros de autoayuda y los juegos de azar. Las iglesias y los políticos y esa bandada de mesías criollos que apuntalan con su cri cri monótono los crepúsculos de la esperanza.
Doctor en disciplinas abstractas e imbatibles, el populismo podría sancionarse por abuso de poder. En su laboratorio alea voluntades, transforma conciencias, fabrica pócimas y ungüentos con el poder que da lo impredecible.
¿Por qué se le permite olisquear, invadir, construir torres de humo con absoluta impunidad? Vaya usted a saberlo. Quizá la mengua de nuestros asideros o la certeza de nuestra pequeñez, quizá nuestra fugacidad o esta necesidad de sobreaguar en una corriente de fragores primarios, lo gestaron y continúan cortejándolo en privado mientras en público le vuelven la espalda.
