Poner algo de orden en casa
Jaime Salazar Díaz
Es lo que significa el Plan de Ordenamiento de la ciudad (POT). No es ni siquiera, por ahora, un sofisticado perfil urbanístico y mucho menos el sueño de una bella ciudad, no, no seamos tan ilusos y pensemos con seriedad : por ahora y con carácter de urgencia pongamos algo de orden a este caos que nos ha tocado sufrir en los últimos 15 o 20 años, en esta que fue una ciudad amable, soleada, tranquila y limpia. Confesémoslo con honradez: el crecimiento físico y económico nos quedó grande. El equilibrio institucional que ha debido acompañar este aumento inusitado de población urbana se resquebrajó y no puede cumplir responsablemente con sus tareas. Ni siquiera para mantener aseada la ciudad. Ni iluminada de noche. Parecen tristes velas los bombillos que se reparten las tinieblas en los caminos a nuestros barrios apartados. Comencemos con las autoridades principales, ahora elegidos en vez de nombrados, no asumieron su deber con honradez y responsabilidad. El ensayo democrático hasta ahora ha sido nefasto: la mayoría de los escogidos por el voto popular resolvieron, embriagados por una mayoría efímera y sustancialmente esquiva e inconstante, utilizar su cargo como trampolín de sueños politiqueros futuros, olvidándose que fueron elegidos para administrar, desde ese momento la ciudad. Los problemas de los ciudadanos son mas sencillos de lo que algunas autoridades se imaginan. Pero no por sencillos dejan de ser muy importantes. En primer lugar los servicios públicos básicos. Agua potable y energía eléctrica sin interrupciones. Tenemos una excelente fuente en el río Las Ceibas. Con un control firme de sus primeras vertientes en la cordillera y un caudal saneado, podría atender una ciudad de un millón de habitantes. Cuidemos esa fuente desde su nacimiento y por favor, cuando vengan crecientes repentinas cerremos a tiempo la bocatoma para que el barro con sus bacterias no embadurne las plantas de tratamiento y de ahí en adelante no contamine las tuberías públicas y los tanques domésticos. Estos descuidos tardan meses en desaparecer con sus correspondientes consecuencias sanitarias en la población que despues llenan los dispensarios y hospitales. Las redes eléctricas de la ciudad, despojos que fueron cables entre las ramas, sobretodo en el Centro, hace muchos años cumplieron su vida útil. Los transformadores “sacan la mano” a cada rato, diariamente sufrimos los apagones. La Electrificadora del Huila, ahora en manos de una persona capaz, que siente la ciudad porque aspiró a su Alcaldía, debe renovarlas y construirlas subterráneas para que no compitan con los refrigeradores naturales que son los árboles. No hay que sacar pecho para enviarle tantas utilidades de la empresa al ministro Cárdenas, sobretodo a costa de los neivanos y los huilenses, que le hemos facilitado en buen trecho la utilización del río Magdalena y de las dos extensas áreas de las represas. El otro servicio fundamental, el transporte público, el más caótico del planeta, que obligó a cada presunto usuario a comprar una moto para “mejorar” su movilidad personal convirtiendo así el caos en un infierno, debe ser motivo de una columna especial. Y para terminar esta cuartilla: ¡el espacio público ¡ particularizado en la peatonal de la quinta. ¿No hay acaso una norma legal que prohíbe el ruido excesivo en estos parajes ? Ya tenemos suficiente con la invasión del espacio para caminar, pero… debemos aguantarnos también el ruido de un “equipo de sonido” ( de estruendo) en cada venta? Los dueños de los locales también contribuyen con parlantes propios a esa situación infernal!
