Poder y corrupción
Por Amadeo González Triviño
El poder corrompe. Es ésta una verdad que no podemos negar, una dura realidad.
Los ciudadanos de hoy en día, no han entendido aún, el poder que se tiene frente a los derechos consagrados para las movilizaciones en los procesos de veeduría pública y participación ciudadana, y en fin, para toda elección.
A los ciudadanos les han hecho trampa sus dirigentes, los han engañado, sus líderes se han aprovechado de la confianza de sus dirigidos y han pisoteado la dignidad de los cargos públicos a los que han accedido y por eso, en estos momentos, la sociedad no tiene retorno para una civilidad que ejecute y demande respeto por el pueblo y que conlleve necesariamente a una paz social y a una proyección de contenido humano para nuestras próximas generaciones.
Y aún, este tema de la corrupción y de la trasparencia sigue siendo reconocido a nivel mundial como un fenómeno a destacar en la sociedad colombiana, involucrando a todos los sectores institucionales, como el Congreso, el Ejecutivo y la Administración de Justicia.
Hemos llegado a liderar los índices de corrupción, si hemos perdido la credibilidad en nuestras instituciones y seguimos siendo víctimas, como lo hemos repetido muchas veces, de ese dejar hacer, dejar pasar. Sólo nos resta saber que es necesario prepararnos para lo peor, como en toda dictadura. Porque cuando se convive con estos grandes males sociales y el Gobierno no ejerce los controles y no aplica las políticas adecuadas, cuando nos despertemos del marasmo al que nos han llevado los discursos veintijulieros de nuestros dirigentes, tendremos una soga en el cuello, o muchos ya descansaremos bajo tierra, por decir o convocar al ejercicio de un poder, que nosotros mismos nos hemos negado a ejercer.
Hemos sido manipulados. Nuestra voluntad ha servido de puente para todas las formas de impunidad, de ilegalidad, y para legitimar lo ilegitimo, hasta el punto de que los gobiernos de turno terminan siendo portaestandarte de una democracia de papel, de una democracia que ha consolidado un gobierno que no es consecuente con la filosofía del cambio y de la renovación en la política fiscal de contenido social, que raya fácilmente con la tiranía.
El poder, desde su más mínima expresión, ha terminado por ser el dinamizador de todas las formas de inmoralidad. Se ha perdido el concepto de ética y de moral, los valores que otrora se repetían en las familias, han quedado en el olvido. El erario público, ha pasado a ser la fuente de ingresos personales y ha cambiado la forma de la economía, para generar delincuentes con poder y con participación política. Hombres venidos de todas las formas del ser, desde el hijo del profesional hasta el hijo del campo, que han terminado en los altos cargos públicos, han mancillado su honor y su dignidad a cambio de prebendas y se han ilusionado con los recursos que no le pertenecen y que han tenido que administrar.
Cuándo comprenderemos el peso y la importancia de nuestro poder en el manejo integral de las instituciones que nos representen, cuando elegimos a nuestros dirigentes?.
