Periodismo que envenena el alma
Por Alfonso Vélez Jaramillo
En todas las campañas políticas, sin excepción salen a relucir ataques que en tiempo frío nadie se atreve a expresar por diferentes motivos.
Unos por altruistas y reales intereses políticos, otros por asuntos o cuestiones personales y muchos por el oportunismo con el que se puede causar algún efecto ante la opinión pública contra el adversario.
Casi nadie busca ahora el bienestar general, el bien de la patria, ni el de su comunidad, sino dañar la imagen de alguno que no sea de su apetencia, o simplemente porque está recibiendo paga del otro lado, así de suavecito.
Lo indudable es que todos esperan que el periodista cargue con este lío, a quien abordan llevándole “todo el material” para que lo difunda, “porque usted tiene el deber de informar”.
La actividad política ya no tiene la misma respetabilidad de otras épocas, cuando el dirigente pensaba, era especialista en el manejo del idioma, le dolía su país, los problemas comunitarios y sus denuncias causaban sensación con apenas oírlas.
Tampoco tienen dignidad quienes se dedican a vivir del periodismo mercantilista, precisamente porque son disfrazados y suficiente daño le hacen al grueso del gremio, en donde hay periodistas muy buenos y serios.
Ese servilismo de algunos trabajadores de medios que se prestan para esta miserable actividad mancilla el oficio de informar con sensatez.
Cuando un periodista dice con amplitud y franqueza por quien va votar y toma partido como trabajador o como directivo de una campaña o simplemente como simpatizante no lo veo mal. Tiene derecho, creo que antes de periodista es un ciudadano con derecho a escoger el gobernante que le gusta.
Pero cuando el periodista toma un micrófono o el medio para el cual presta sus servicios haciendo alarde de ético y moral y a todas luces se le nota que tiene intereses económicos y personales, porque trata de torcer la realidad de los hechos, el pensamiento o la declaración del personaje, es un asunto que horroriza y envenena el alma de una persona respetable.
Es una práctica muy conocida y muchos disfrutan leyendo diatribas, ultrajes, improperios o el sinónimo ofensivo que quiera, sin razones de peso contra los demás, como si fuera una noticia.
Se estila últimamente recurrir a especialistas en informática que con seudónimos se le meten hasta en la alcoba y la cocina a la gente buena para desprestigiarla, casi siempre basados en presuntos hechos que muy pocos se atreven a denunciar ante los organismos de control.
No denuncian, simplemente agravian porque son chismes que después de la campaña pierden vigencia y ya no son útiles para el morbo social.
No es necesario decir nombres, no pretendo armar un combate porque la gente conoce y distingue, pero lo que si deseo exteriorizar es que los periodistas no deben prestarse para esta clase de actividad que muchas veces rayan con el código penal, las sanas costumbres y es un flaco servicio a la sociedad.
No se debe desinformar amplificando las criticas que en no pocas ocasiones no tienen sentido, juicio ni fundamentos, simplemente se usa para crear un resultado en las elecciones, no para formar la sociedad.
Aunque en Colombia no existe un control constitucional ni legal para expresar y difundir el pensamiento, ni para fundar un medio de comunicación, si existe una responsabilidad para el periodista con un hondo contenido que es el control social, que parece se viene haciendo solo para quien se le considera adversario o enemigo, así no le estamos contribuyendo a nuestra patria.
