PA’L ATOLLADERO
La situación del alcalde de Bogotá, exalcalde, destituido, reivindicado o mártir del Calvario, como quieran llamarlo, hostiga más que un tarro de panderitos con leche condensada a mediodía en Caucasia. Lo mismo pasa con todo lo que huele a Procurador y a Presidente metiendo la mano en el tema. Lo de Bogotá es vergonzoso, por no decir patético. Es el verdadero camino pa’l atolladero.
Hubo tres alcaldes en menos de dos días. María Mercedes Maldonado fue mandataria por 15 horas. Eso mejor ni se cuenta. ¿Dará para la hoja de vida? Pues en este Macondo qué más da. Carlos Lemos Simonds (q.e.p.d.) reemplazó a Ernesto Samper por 12 días, hizo discurso de posesión, se puso la banda presidencial y hasta promesas. Hoy, así esté en el más allá, lo tenemos con orgullo en la lista de expresidentes del país.
El quid del asunto no es más ni menos que un juego político de intereses de todas las partes. Un Procurador con el poder de cortar cabezas como en la inquisición, un Presidente en busca de tomar el control y buscar los voticos bogotanos para reelegirse, y un alcalde porfiado con ínfulas de caudillo, dedicado a lanzar fuego desde el balcón de su despacho en el Palacio de Liévano. Todos enfrentados, olvidándose de las verdaderas necesidades de una ciudad sumida en un maremágnum de problemas.
¿Que el culpable es el sistema judicial colombiano? No creo. La verdad es que ha dejado correr todos los recursos legales con sus ires y venires. Algunos dirán que la justicia en el país es demasiado garantista y que a punta de tutelas todo se puede. Es verdad, pero eso es otra discusión que habrá que dar.
Gustavo Petro no ha sido un buen administrador público. No lo digo porque sí, lo dice su propia gestión. En el papel, su propósito de hacer de Bogotá un lugar más humano sonó muy bonito. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. De hecho, es inhumano ver a la capital sumida en sus problemas: Un tráfico como para muerte lenta en medio de una discusión bizantina sobre el sistema masivo de transporte. Que si más “Transmilleno”, metro o tren ligero, vaya Petro a saber. Una ciudad que se consume en promesas incumplidas, como la del jurgononón de jardines infantiles que iban a crear. Una política montada a punta de quimeras populistas basadas en decisiones a rajatabla como la estatización del manejo de basuras. Y ni se hable de la infraestructura: Un POT, la guía de desarrollo de la ciudad, desvirtuado y suspendido por Consejo de Estado, porque el Alcalde lo expidió como le dio la gana.
Pero como un resucitado, Petro volvió a mandar por obra y gracia no del Espíritu Santo, sino de la tutela. Mañana, no sabemos si seguirá, porque aún quedan recursos jurídicos que siguen su trámite. Mientras tanto, por culpa de la lora política que se ha dado, la ciudad sigue al garete, a la espera de que los jueces vuelvan a decidir.
¿Quién chupa? La ciudadanía. Personas cada vez más decepcionadas, tirando al carajo el poco sentido de pertenencia que tienen con la ciudad. Gente del común que se siente manipulada y atracada por sus gobernantes, como lo hizo el anterior Alcalde, el que está en la cárcel y dejó a la ciudad en obra negra.
Al final, lo que menos importa es si Petro merece seguir o no. Lo importante es que la gente caiga en la cuenta de que no puede dar más papaya, porque están haciendo con ella lo que quieran. A la hora de elegir hay que hacerlo bien. Eso suena a cliché, pero es verdad. Hay que buscar a toda costa evitar situaciones que deriven en espectáculos tan grotescos como este. ¿Dónde estarán los políticos serios que den confianza y que respeten? Es que no nos acordamos de las cosas que nos hacen. Hace un tiempo elegimos a un Presidente que en vez de gobernar se dedicó a defenderse. Les refresco la memoria: ese personaje decía desafiante “aquí estoy y aquí me quedo”, y todos indignados le veíamos sus manos untadas de dineros calientes. ¿Qué pasó? Pues que íbamos de nalgas pa’l atolladero.
Por: Juan David Ramírez Correa
