Paz
Gloria Cepeda Vargas
Reduciendo el principio de la historia de nuestros infortunios a una fecha relativamente reciente, dicen que la violencia en Colombia apareció con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y que las FARC representan un sucedáneo de este acontecimiento. Las generaciones que no conocen más que esta trama de fusiles engullendo de lado y lado lo que se les atraviesa, desconocen el tenebroso río subterráneo que con el nombre de política en acción y el calificativo de democracia representativa, -fachadas de un régimen dinástico y por lo tanto imposibilitado para gobernar en derecho- ha hecho de Colombia lo que está a la vista. Después de casi medio siglo de esta guerra que empezó con miras justicieras para multiplicarse en todas las instancias criminales que conocemos, aparece la luz al final del túnel.
Sabemos de los esfuerzos realizados por Belisario Betancourt, Andrés Pastrana, Virgilio Barco y Álvaro Uribe para llegar a un entendimiento con las FARC. Cada uno de ellos, a su manera, lo intentó sin lograrlo. Cada uno de ellos supo de las dificultades que entraña dialogar con una parte de la sociedad en rebeldía, armada hasta los dientes y autofinanciada por el narcotráfico y constató lo que significa intentar acercarse a esa mezcla de crimen organizado e ideología política curtida en años de una guerra despiadada como lo son todas las guerras, con el agravante de representar, en este caso, el descuartizamiento entre hermanos y el infinito sufrimiento de la parte más desvalida de la sociedad.
Quizá nunca conoceremos en toda su escalofriante realidad, lo que presenciaron las selvas colombianas, cómo fueron diezmados, expoliados, torturados hasta límites inconcebibles nuestros campesinos y sobre todo nuestras campesinas, en una conflagración demoníaca que ardió durante medio siglo. Quizá nosotros, los habitantes urbanos, los que comemos, dormimos, estudiamos y hasta nos permitimos soñar en paz, jamás entenderemos por qué una parte de la Colombia profunda se declaró en rebeldía y terminó convertida en sinónimo de degradación humana. Ha sonado la hora de entender que la paz sostenible empieza por el respeto mutuo: un acto de contrición colectivo y el propósito de empezar a proceder como lo pensamos y lo pregonamos.
