domingo, 12 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-06-08 08:25

Paradojas

Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | junio 08 de 2016

Cuando debemos escribir –porque se trata de un deber ético- acerca de la actual situación política en Venezuela, dirán que suena una vez más la música conocida con argumentos multiplicados y absurdos. Pertenecemos a una especie de racionalidad fragmentada y por eso nos es tan difícil vivir como Dios manda.  En alguna área de nuestro cerebro habitan el hombre o la mujer sin calificativos porque no los necesitan. Es el lugar  destinado a la libertad para ser, sin temores infantiles ni  contemporizaciones innecesarias. Ahí se gestan el saber y el sentir en toda su magnificencia. Lo que llaman la voz de la conciencia, que simplemente equivale a una   admonición o un diálogo con la inteligencia superior,  se acata. El respeto por la diferencia existe implícito y la fuerza de la autoestima sin egolatría, maneja las relaciones interpersonales para lograr que el monstruo llamado parámetro cultural, reconozca el lugar que le corresponde en el mantenimiento del equilibrio social.

Un poco más abajo –pienso- en alguna catacumba neuronal que podría ser la abuela de las cuevas de Altamira, hiberna el dinosaurio. La lista de sus necesidades vitales se reduce a dormir, comer, eliminar y copular. Ni siquiera la procreación lo desvela porque el afán de trascender es más espiritual –para llamarlo de alguna manera- que físico. Si no fuera así,  gimnasios, spas,   cirugías plásticas y demás  artilugios, serían la  única meta de nuestra carrera terrenal.

Lo que en la actualidad se vive en Venezuela, es confirmación de estas palabras. Ignoro  cuál de sus muchos marasmos hiperestésicos le sugirió a Hugo Chávez que mediante el simple giro de una varita mágica, podría echar por tierra para después reconstruir a su manera, no solo  la planta física del país sino la esencia ancestral  y lo que siglos de aprendizaje y aún de fabularios interiorizados, conforman el talante del  venezolano raizal.   

Está demás repetir las causas del desastre. Chávez y sus conmilitones, enceguecidos y ávidos, cayeron como aves de presa sobre los cuantiosos recursos que produce el subsuelo venezolano para no dejar piedra sobre piedra.

El mundo asiste hoy, entre incrédulo y horrorizado, al exterminio venezolano. El gobierno de Nicolás Maduro es la más patética demostración de ignorancia y soberbia entronizadas. El tejido social que tanto tiempo demanda, se desplomó sobre las cenizas de Pdvsa  y Sidor en una sucesión de acontecimientos que no tienen ni siquiera la grandeza de la inmolación.

Chávez fue afortunado hasta para desaparecer. Sus quince años de rumba, latrocinio y jactancia,  no tuvieron tiempo para pasarle factura. El pueblo  sigue colgado como una araña gigantesca sobre los cerros miserables o sumergido en la putrefacción de las quebradas. Los poderes civiles, encargados de administrar democráticamente la vida, honra y bienes de los ciudadanos, se inflan y encogen en una masa informe. Es increíble que en apenas diecisiete años de este socialismo de nuevo cuño, haya desaparecido lo que hacía de Venezuela un país medianamente democrático (como sucede en todo gobierno  conocido con este nombre).

Son las jugadas del subconsciente, dirán unos; los imponderables del destino, dirán otros o el exceso de ingenuidad o de astucia según sea el cristal con que se mire.  Mientras tanto, entre hipotéticas sanciones de la OEA, buenas intenciones de algunos ex presidentes y dentelladas de una situación despiadadamente surreal, el pueblo o sea la materia prima de todo pensamiento constructivo, se convierte en un campo de muerte donde solo las alimañas carroñeras encuentran razón para existir.