lunes, 13 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-04-20 08:24

Palabras...

Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 20 de 2016

Día a día los medios de comunicación nos sirven el menú conocido: robos y crímenes adobados con gigantescas dosis de cinismo y crueldad. Exclamaciones como: “¡Qué horror!”, “¿Cómo es posible?”, “Esto es inaguantable”, duran lo que dura un cubo de hielo bajo el sol. Total, mañana tendremos en cartelera otra representación quizá más interesante.

Lo más grave en esta lista de desventurados sucesos, no son ni los arrebatones de bolsos y celulares ni las maromas juveniles realizadas para abordar clandestinamente los buses de Transmilenio. Lo verdaderamente lamentable son las hazañas realizadas en este terreno por  los “respetables” funcionarios, la pericia y desvergüenza que exhiben a la hora del asalto,  el aprendizaje acopiado en el momento  del agache, la habilidad camaleónica para mimetizarse, la capacidad de adulación y narcisismo que poseen para aterrizar ilesos después de haber despojado a quienes les confían el producto de su trabajo de toda la vida   validos del poder que un Estado y una sociedad cómplices les otorgan.

Llevados por nuestra ancestral afición a la metáfora y al eufemismo, los llamamos ladrones de cuello blanco. Es decir,  no obstante pertenecer a una cáfila rastrera y despreciable,  poseen el albor de la inocencia en alguna parte de su ser.

Este calificativo es fiel reflejo de nuestra  idiosincrasia. Ladrones de cuello albo como la luz son, entre otros especímenes de la misma ralea,  los hermanitos Moreno Rojas, los potentados  Nule, los aristócratas que se llevaron a Probolsa en las uñas,  algunos de nuestros honorables parlamentarios, algunos de nuestros ediles o gobernadores. En síntesis, algunos de los que confunden la administración pública con un modus vivendi lleno de telarañas y trampas bien montadas.

La corrupción de los poderosos funcionarios en Colombia, asusta como asusta la cadena de los delitos llamados  crímenes de género y como espeluznan los asesinatos de indefensos campesinos, bautizados con el insípido nombre de falsos positivos o los llamados ¡Oído al tambor! crímenes de guerra.

¡Oh poder del disimulo sacralizado hasta la ingenuidad, la  afición a la lírica o la desvergüenza! Grave enfrentarse a un lobo con piel de cordero o a un poder que hace tiempo perdió la confianza del pueblo en cuyo nombre vocifera, y por lo tanto, la dignidad.