Pérdida de peso
Orlando Parga Rivas
Lo que necesitamos los colombianos en estos momentos, feliz coyuntura que nos viene acercando al fin del conflicto armado, es despojarnos de tanto peso, cargas o equipaje que hemos venido acumulando a lo largo de nuestra vida.
Urge dar testimonio de la generosidad y la bondad de cristianos y colombianos, y al contrario no pensar en que estamos fijando una hipoteca social con la firma de un acuerdo para poner fin a un sangriento conflicto de cinco décadas, espantar sus horrendas consecuencias y efectos, y acoger a la vida civil y la participación política a los guerrilleros de las Farc que se desmovilicen. Dejar a un lado la mezquindad del corazón humano que nos puede traicionar en el propósito de avanzar hacia el perdón, la reconciliación y el buen vivir.
La historia universal cuenta que el ejército de Alejandro Magno avanzaba por Persia, en tal momento crítico que parecía que sus tropas iban ser derrotadas por sus oponentes. Los soldados cargaban con tanto botín conquistado en sus anteriores campañas, que habían perdido su eficacia en el combate. Entonces Alejandro ordenó que todo el botín fuese tirado y quemado. Los soldados al unísono se quejaron de la decisión, pero pronto vieron la prudencia de esta orden. Alguien escribió: “Fue como si les hubiesen dado alas, volvieron a andar con pasos ligeros”. La victoria quedó asegurada.
Ahora surgen varios interrogantes. ¿Cómo hablar de generosidad en un mundo que está plagado de liberalismo individual, egocentrismo, narcisismo, hedonismo y consumismo? ¿Cómo hablar de generosidad en un mundo que se configura en prácticas y teorías de la cultura del atajo?
Tampoco podemos hablar de generosidad si las ideologías del pensamiento débil siguen imperando en el contexto del mundo actual: el laicismo militante, la ideología de género y también el relativismo rampante.
En un mundo globalizado por la industria de la incesante producción en masa, la inconsciencia que agota los recursos naturales, la cultura del consumo insaciable y la insensatez que depreda los ecosistemas, es muy complejo hablar de generosidad. Pero no por ello podemos renunciar a una Colombia que requiere precisamente de construir puentes a través de los valores de la solidaridad y de la comunión entre los seres humanos y entre éstos y la naturaleza.
Hoy, un sector de la sociedad colombiana pretende desconocer o darles la espalda a las víctimas de la violencia y reclama a voz en cuello su NO egoísta. Ninguno de nosotros puede empecinarse en su egoísmo y en el olvido de todos los demás. Nosotros debemos preocuparnos por los demás, inquietarnos por su pobreza, por su desgracia, por su dolor y su tristeza.
Lo más importante es que seamos capaces de quitarnos el lastre del egoísmo. ¿Será que los colombianos no seremos capaces de desprendernos de nuestros intereses mezquinos o partidistas, para construir una nueva historia y un nuevo país, ajeno a la violencia y la polarización, y sí solidarios, incluyente, con desarrollo y progreso para todos?.
Deberíamos librarnos de cualquier cosa que nos estorbe en este diálogo abierto con el otro y así luchar con determinación en esta batalla de reconocernos unos a otros. Para ganar y resultar victoriosos debemos ‘despojarnos de todo peso’, de toda carga, de toda atadura y de todo prejuicio que pudiese frenarnos y privarnos de nuestra fuerza y resistencia.
Ahora cuál sería ese peso: podría ser el deseo de venganza, la ley del ojo por ojo, el de aniquilar al oponente, al antagonista e incluso al interlocutor distinto, el excesivo deseo de continuar la guerra porque renta más económica o políticamente, los sentimientos de odio y rencor. Pero la voz suplicante de la mayoría se libera de esos pesados lastres y queremos construir una patria generosa.
Decía Albert Einstein que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, pero tengo tanta fe en Dios y Jesucristo, como esperanza y confianza en la capacidad de hermanarnos y honrar la vida de quienes hemos nacido en este pedazo de patria llamado Colombia.
