Otro año que pasa
Por: Diógenes Díaz Carabalí
Termina otro año escolar. Los estudiantes se aprontan para disfrutar de un largo periodo de vacaciones que va hasta los albores de febrero y, muchos padres de familia, la mayoría, no saben qué hacer con sus bulliciosos muchachos metidos en sus casas, carecen de recursos para pagarles cursos vacacionales o vacaciones recreativas, ni cómo enviarlos de viaje porque a estas alturas del año apenas queda para el sustento diario, en muchos casos ya no papa arroz y huevo, este último se ha tornado incomprable, un artículo de lujo.
En los barrios populares los chicos parecen una bandada terrorífica, deambulan por las calles sin rumbo, causan malestar a los vecinos, algunos se involucran en pequeños delitos, otros absorbidos por las pandillas juveniles marcan territorios de dominio, se enfrentan con otros muchachos, dan preponderancia a su desbocada libertad. Para muchos padres de familia el periodo de vacaciones es un problema. Para las autoridades las vacaciones se constituyen en un conflicto porque la actividad de tanto muchacho desocupado pone en crisis los mecanismos de seguridad establecidos para proteger a los ciudadanos. La ley colombiana es ñata frente a los delitos que los menores puedan cometer.
Claro que otros antecedentes causan la anarquía que padecen nuestros jóvenes: el principio de autoridad ha desaparecido de su horizonte, actúan como les antoja, los padres han perdido el dominio sobre los comportamientos de sus hijos con la disculpan de que los muchachos no hacen caso, y para no tener conflictos, para no “traumatizarlos” como reza la moderna psicología, dejan que actúen como dé la gana. Tampoco hay políticas sociales destinadas a mantener ocupados a los niños y las niñas, las entidades encargadas de los menores no tienen ninguna política enfilada a garantizar el derecho que tienen de una sana recreación, de cómo hacer productivo el tiempo libre. Los exponen, sin inmutarse, a los riesgos presentes en la calle: la drogadicción, el raterismo, la prostitución infantil, el anárquico asueto; en cierta medida porque para los padres de familia la escuela y el colegio es una forma que tienen de librarse de sus hijos.
Muchas entidades podrían dedicar esfuerzos y recursos para hacer productiva la época de vacaciones de los infantes: Bienestar familiar podría realizar actividades preventivas con niños y adolescentes; las cajas de compensación podrían desarrollar actividades para que los menores aprovechen el asueto en recreación sana; el SENA podría orientar actividades destinadas a prepararlos para conocer un oficio productivo; las entidades de cultura podría involucrar a los niños y adolescentes en programas de lectura, en manifestaciones artísticas, en creación lúdica; la policía de infancia y adolescencia podría vincularlos en actividades cívicas en sus entornos comunitarios.
Los niños y adolescentes no son parásitos, son activos, desbordan solidaridad, son creativos, inteligentes, los que falta es que orientemos su adrenalina de manera positiva. El ministerio de Educación, las secretarías de educación no deberían pensar en deshacerse de los muchachos con el periodo de vacaciones, sino implementar actividades que refuercen lo aprendido durante la época de estudios.
