sábado, 11 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-11-24 08:30

Oscar Emilio Bustos, El cronistas de las guerras.

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | noviembre 24 de 2016

Al momento de escribir esta nota me entero que Oscar Emilio Bustos ha obtenido el premio nacional de crónica de la Universidad Externado de Colombia. Una merecida retribución al trabajo tesonero de un hombre dedicado a narrar nuestras guerras, la que se juega en las montañas y las selvas, pero también la que se lucha en las ciudades, tras las esquinas, tras los vericuetos de esta Colombia injusta que lleva a enfrentamiento, así sea por un trozo de cartón para pasar en las horas un momento de descanso, o tras los muros de las casas donde se vive la cotidiana supervivencia.

Oscar Emilio Bustos fue uno de los invitados al V Encuentro de Poetas y Escritores de Garzón, Huila. Un hombre con voz potente, herencia de su oficio de locutor de promociones de almacén en Chapinero o cualquier agáchese, de su paso por Radio Santafé, por los micrófonos donde no basta el volumen, sino que hay que hablar duro porque la vida hay que ganársela. Pero ante todo es un cronista de la historia malcriada de este país, que busca en los hechos testimoniar las causas de por qué nos gusta matarnos, de por qué vemos en el otro a un enemigo. Desde antes lo había abordado, porque la crónica me parece el lugar ideal para contar los hechos, con la magia ilustrada de la literatura, con la crudeza de la verdad periodística con que los hechos se maquillan.

De su mano generosa recibí su libro “Colombia crónica” (Editorial Gente nueva, 2013) que compendia sus mejores trabajos, algunos publicados en medios nacionales y del exterior, un recorrido de Sur a Norte, de Oriente a Occidente por la realidad de la guerra, de los hechos más protuberantes de la confrontación armada que a los largo de seis décadas nos ha sumergido en la depredación más inverosímil que tengamos noticia. Hechos tan crudos como la toma de la base de Miraflores por las FARC, o la angustiosa muerte lenta de los Nukak Makú que podían ser la vergüenza de nuestra nacionalidad, están allí, como testimonio, como memoria.

Y está la historia de la otra guerra, la de la miseria, la que compatriotas anónimos deben vivir a diario en una urbe que absorbe y mata, implacable en los vericuetos de la delincuencia y el vicio, la de seres abandonados a su suerte por contar con la desgracia de encontrarse en el infierno de la droga, entre la indolencia de una sociedad que los deshecha. Esa guerra que viven las personas sin nombre que nadie los conduele, producto de la cruel venganza de los dueños del dinero fácil y de la incapacidad para salirle al paso a una enfermedad que nos carcome, que muchas veces golpea en las puertas de nuestras propias casas.

Ha sido un acierto encontrar a un hombre lleno de historias que se ha recorrido este país en ejercicio de su oficio, como el apóstol que denuncia nuestras desgracias con el recóndito intento de revivir momentos de llanto y de sangre. Y ha compartido su forma, la manera de contar para la memoria, en un país donde todo parece que olvidamos.