Oscar Collazos
Por Diógenes Díaz Carabalí
Nos vamos de a poco. Oscar Collazos se fue. Cargando su obra y muchas lecturas, se marchó en la intranquila pasividad de ver el tiempo con el inútil designio de no cambiar las cosas, pese a la radicalidad, pese a sustentarse con terca insistencia en que todo está mal hecho, excepto la literatura.
En este país sin memoria sus intelectuales son anónimos. Por eso figuras como Oscar Collazos hicieron tránsito por el desconocido mundo de los pensum académicos, de la mayoría de lectores, de aspirantes a escritores pese a afirmaciones de colegas suyos mayores, quienes desde su aparición con relatos lo calificaron como “El nuevo bardo de la creación nacional”.
Venido del Chocó, de Bahía Solano, paseó su figura reposada por todos los ángulos de nuestra geografía y besó esquinas de pululantes sentimientos poéticos como París, La Habana, Praga recreado en sus bellezas y en sus putas. Creo que no hubo capital latinoamericana que no visitara bajo el mismo parangón, pero agradecido por nuestra anarquía, con la natural alergia a la propagandística norteamericana en su papel de policía moral del mundo, lo que impidió que fuera un aficionado visitante de las urbes gringas.
Por cosas de ideas, ni estrambóticas ni salidas de ruedo, Oscar Collazos conoció países gracias al exilio. Amenazado, tuvo que salir del país en varias ocasiones, para verificar que la intolerancia de los políticos nacionales y regionales puede llegar a la agresión física y al asesinato. En cuyas manos, cientos de compatriotas han perdido la vida, asesinatos que se quedan en exhaustivas investigaciones de las fuerzas de justicia, mientras los políticos continúan con sus discursos de reivindicaciones carnavalescas por todos los medios, sin asomo de rubor por haber dado la orden porque matar al contrario es un acto patriótico. Parece que no los arredran sus propias manos untadas de sangre. En eso tampoco este país tiene memoria.
Oscar Collazos Iba, y venía a predicar desde sus columnas periodísticas como un monje convencido sin importar quién lo escuchara. En todas las fiestas culturales y literarias se lo podía encontrar, lo saludé en la feria internacional del libro de años anteriores porque gustaba buscar libros de ediciones de autor, consciente del esfuerzo personal de publicar con el bolsillo al revés, ensayo suyo en su lejana Buenaventura donde aprendió a leer Homero, Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Proust, Joyce, Dostoievski en la biblioteca pública. A pesar de tantas letras salidas de sus dedos, de tantas frases proclamas por sus labios, de tantos discursos pronunciados por su memoria prodigiosa no olvidaba nombres y, en eso comulgaba con la misma patena de los políticos. Dedicaba espacio para hablar sin petulancia con ese acento venido de Cali, como si todavía pateara baldosa con sus zapatos de charol blanco al ritmo de Richie Ray & Boby Cruz, Héctor lavoe y Celia Cruz.
Lo admiré. Con los sentimientos de quien está bajo la protección de una estrella, lo volví a ver en Cali y de nuevo me llamó por el nombre. Apreté su mano, convencido de que ocupaba un lugar estrecho en su corazón grande, y lo escuché, esta vez trémulo, premonición de que sus pasos nos adelantaban, de que su memoria se esparcía hacia el zenit de un hombre que debe ser eterno, por lo menos en el universo particular de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y de leerlo.
