Nos vamos por las ramas
La incertidumbre generalizada acerca de los diálogos de La Habana, no es el meollo de la cuestión.
Tampoco la actitud de los participantes en el paro agrario, los bombardeos verbales que estallan a lado o la inclinación vergonzosa y unilateral de algunos jueces, miembros de las altas cortes o usufructuarios de las delicias parlamentarias en quienes parece inspirada Gabriela Mistral cuando dice: “Por no disgregarse mejor no se mueven”. Todo lo torcido, maloliente, agazapado o cobarde que nos abofetea a diario desde sus fortines inexpugnables, es apenas la punta del iceberg. Lo que en verdad debería preocuparnos es la incapacidad humana para mirar de frente.
Es inútil despilfarrar el tiempo en los baches de la superficie. No existe la tan proclamada carencia de valores o degradación de la costumbre. Lo que flaquea es su inexistencia absoluta desde el inicio de los tiempos. El desgarramiento despiadado del cuero ajeno siempre hizo de las suyas enmascarado o cínico. No existe diferencia entre los caballeros y las damas de ayer y de hoy. Solo el largo de la falda o la abotonadura del pantalón.
Somos hijos de una cultura en penumbra. El dinero y el poder sacralizados, es decir, los ductores de un planeta cuya respiración y jadeos agónicos desconocemos, nos hacen incapacitados para Ser. Ignoro si la materia prima de estos muñecos arrogantes e indefensos que somos los seres humanos, fue utilizado sin fraguar o no pasó por el laboratorio.
Los colores políticos o religiosos, son apenas símbolos, bastones, caminadores o batutas. Inventos de nuestra desesperanza o conjuros impredecibles. Por eso carecen de identidad y fungen como protagonistas impunes de guerras y crueldades históricas.
Nuestra manera de actuar no responde a una concepción evolucionada de la vida. La naturaleza nos acogió en tierra propicia para la siembra y el crecimiento. No lo hicimos y a pesar de autocalificarnos como seres superiores, procedemos a contracorriente. No son leyes y constituciones irrespetadas ni hedor de hemiciclos supuestamente dedicados al ejercicio democrático. Tampoco la justicia prostituida, “el cuanto tienes, cuanto vales”, sembrado en el imaginario colombiano o el servilismo confundido con la disciplina. Eso es apenas el resultado de nuestras carencias ancestrales. ¿De qué otra manera podríamos entender este conflicto permanente entre la reflexión y la conducta? ¿Por qué, en tantos años de habitar el mismo espacio, no logramos convivir?
La falta de compasión y sentido de equidad, son características de criaturas inconclusas. Mientras no indaguemos con inteligencia en el origen de la enfermedad, ésta seguirá cobrando víctimas. Minería asesina, depredación ambiental, dirigencia carente de autoridad moral y por lo tanto de respeto y sobre todo indiferencia ante la desventura ajena y arrogancia que raya en el ridículo, nos hacen tropezar.
No puede degradarse lo que nunca ha existido. Empecemos por llamarnos a cuentas y ya vendrán con el tiempo el crecimiento de la conciencia y el reconocimiento de la verdad.
