Nos gusta la pendejada
Diógenes Díaz Carabalí
Lo ideal es que, terminada la contienda electoral, los ganadores se dediquen a construir con cabeza fría y sin el afán de la campaña sus planes de desarrollo. Porque tienen que cumplirle a sus electores, a sus regiones, a sus localidades. Antes que negociar los cargos de libre nombramiento, antes de negociar con quiénes van a estructurar sus gabinetes. Esa debe ser su tarea con sus equipos de trabajo de aquí al día de la posesión.
Porque nos gusta la confrontación amamos el fútbol y la política. Nos “hacemos matar” por nuestro partido, por nuestro equipo, parece ridículo pero es así: controvertimos con denodada violencia, ayudados por algunos especímenes que sienten felicidad pugnando, levantando falsos testimonios, dando atributos negativos al rival, creando delitos donde no los hay, envolviendo en manto de nube la actuación de los personajes públicos. Somos capaces de “matar” por imponer nuestra visión de las cosas en política y en fútbol.
Le ponemos morbo a nuestras rivalidades, como si enfrentar al contrario fuera cosa de vida o muerte, lo asesinamos con expresiones, lo calumniamos inmisericordes, lo llevamos al séptimo piso del infierno y si pudiéramos lo enterraríamos bocabajo con dos metros de tierra pisada encima. ¡Somos implacables! Nos servimos de una cuerda resistente para burlar al “enemigo”, le inventamos calumnias porque algo queda, el desprestigio es la mejor opción cuando no podemos derrotarlo en franca lid, cuando nuestras ideas se quedan cortas delante del que está enfrente. Es tanta nuestra asepsia que incluso nos negamos a darle la mano, mucho menos, pasada la confrontación, pedirle excusas, como si no supiéramos que después del triunfo o la derrota la vida sigue, el mundo gira, nuestras labores exigen nuestra presencia y total concentración.
Lo ideal sería que pasada la contienda electoral, como pasado un partido de fútbol, las aguas volvieran por su cauce, pero hemos dicho tantas cosas que fallecemos de vergüenza. En política, los candidatos, tienen buenas intenciones pero óptica diferente. Claro que algunos desde las altas esferas nos han hecho ver su triunfo como una necesidad, como si los demás no pudieran gobernar, como si fueran salvadores en “momento crucial de la historia de la patria”, aunque el elector así no lo mire. Es cuando radicalizamos nuestras posturas y ponemos en peligro este modelo imperfecto llamado democracia.
Al final de cuentas el elector lo que quiere es que el ganador le dé importancia a su designación, que se olvide del inmediato pasado, que se ponga a trabajar para concretar sus propuestas porque para eso lo eligieron. Que le dé importancia a la designación del gabinete, al equipo de trabajo, sin tanto dediparado como sucede muchas veces, los secretarios no saben para qué sirve su despacho, a no ser para creerse de mejor familia. Ojalá los ganadores pongan seriedad en las designaciones para las diferentes dignidades, y que éstos no sean cuota para llenar orgullos particulares ni necesidades electoreras de los padrinos. Sin duda, en esos términos, todos estaremos tan contentos y no necesitaremos “matar” a nadie por política. Como en el fútbol, podremos ver el próximo partido, a pesar de que nos guste la pendejada de estar peleando.
