No sea amargo
Orlando Parga
Pareciera que tantos años de violencia hubieran sumergido a la mayoría de colombianos en un mar de amargura. Estamos como pacientes terminales que padecemos de algún tipo extraño de cáncer en el alma, personas enfermas a quienes la intolerancia ya les hizo metástasis y de cuya situación calamitosa ya no podemos escapar.
Nos inunda el sentimiento de frustración o de resentimiento de aquel que ha sufrido una gran desilusión o una terrible injusticia, pese a que no la hayamos padecido directamente aún. Ante la más mínima afrenta nos sentimos con derecho no solo a odiar sino a vengar, lo que nos imposibilita otorgar perdón y en consecuencia nos negamos a reconciliarnos. Estamos tan acostumbrados a esta dinámica, persistir y ahondar en nuestro dolor, que recurrimos apenas a dar paliativos a nuestra enfermedad.
Aunque nos disgustan las dolencias, realmente nos aferrarnos a ellas porque es la excusa para esquivar nuestra responsabilidad al conflictivo. De la misma manera, hay gente que rehúsa abandonar hábitos, comportamientos, prejuicios, posiciones políticas que saben que les están acortando o atormentando la vida. Sencillamente, no quieren disciplinarse para hacer los cambios necesarios para mejorar su vida. Puede más el conformismo ante todo aquello que los aflige que la posibilidad del cambio.
Tal vez ese temor al cambio, a lo nuevo, hasta Jesucristo lo vivió en carne propia cuando algunas personas de su generación no querían cambiar de pensamiento ni arrepentirse de sus pecados con la llegada del Reino de Dios. Esos líderes del tiempo mesiánico preferían la ceguera espiritual antes de aceptarle a Él como Mesías.
Según el científico Rodolfo Llinás, cuando uno está feliz es porque está relacionado con algo bueno. Es conveniente hacer cosas que le mejoren a uno la vida. Es importante la capacidad de reproducirse, la sensación de no sentir dolor. Aunque parezca obvio, generalmente uno se siente bien cuando deja de sentirse mal. Después de un dolor de cabeza, yo me siento fantástico porque ya no sufro por la jaqueca.
La idea de que el tiempo pasado fue mejor es quedarnos postrados en la historia. Claro que debemos aprender del pasado pero no sentirnos atrapados por él. Es reconocer que no somos capaces solos y necesitamos del otro para poder construir un dialogo de progreso.
Sumergirnos en “lo pudo ser y no fue” solo conduce a la melancolía de la frustración, la tristeza de la imperfección y la autoflagelación mental sobre algo que ni siquiera sabemos si realmente habría salido tal y como nuestra mente nos relata.
La amargura es el sentimiento de profunda pena, dolor y desagrado que puede experimentar un individuo como consecuencia de alguna situación o evento. Ahora no prefiero ese estado aunque admito mi debilidad seré fuerte al tomar una decisión que beneficie a un colectivo, a un país.
La felicidad y la paz son estados internos de la persona que no son determinados por factores externos. Es hora de cambiar la forma de ver nuestras diferencias y de resolver los conflictos que ellas inevitablemente producen, de manera positiva y asertiva. Todo cambio es una transición que ocurre cuando se pasa de un estado a otro. Puede llegar a ser difícil cuando exige despojarnos de hábitos que nos ayudan a mostrarnos fuertes, mantener el equilibrio o el estado de cosas. La base de todo cambio es atreverse a dar el paso para iniciarlo. Atrevámonos pues a despojarnos de la amargura, el resentimiento o la frustración, y por lo contrario démonos la posibilidad de volver a gozar de emociones nuevas, de sentimientos más genuinos, de mejorar y aprender a ser felices.
