No más
Cecilia López Montaño
Algo muy grave está pasando en nuestra sociedad para que el pan nuestro de cada día sea el asesinato de mujeres. Ya no es de una sola sino como acaba de suceder en el departamento del Magdalena, son tres las que, con disparos en sus cuerpos y una en postura arrodillada, aparecen a la orilla de un río. Se ha repetido hasta la saciedad el número de víctimas bien de la ira de sus parejas, de sus familiares, de sus supuestos amigos y nada, absolutamente nada frena esta ola de crímenes. Para no hablar de las violaciones de niños, niñas especialmente, que de nuevo es a manos de personas cercanas.
No se trata de estigmatizar a nadie, pero la mayoría de los casos encuentran a un hombre como el asesino o violador, o culpable de los dos delitos como en el caso terrible del cual aún no se repone el país, el de Yuliana o de esta criatura que se debate entre la vida la muerte atacada por un conocido que después se suicidó como si con eso reparara este horror. Pero hay miles más de casos que han movilizado a las mujeres en Colombia donde personas como Alejandra Borrero vienen adelantando serias campañas en contra del feminicidio. Pero ni estas movilizaciones, ni las innumerables columnas, la mayoría de mujeres y algunas de hombres, han logrado frenar este ataque despiadado que sufren las mujeres de nuestro país todos los días, a todas horas.
Siempre se llega a lo obvio: la falta de eficiencia de la justicia que no logra sembrar la conciencia de que estos delitos también pueden acabar con la vida de los asesinos y violadores, quitándoles su libertad y sometiéndolos a una vida dolorosa. Pero esta explicación, no es suficiente. Dos hechos son claros. No se frenan estos delitos así algunos y no todos desafortunadamente conmuevan a sectores del país.
Pero, además, es evidente que la voz de las mujeres en contra de esta ola de violencia contra las mujeres y niños y niñas, no se escucha, no pone a pensar al país, y sobre todo no logra frenar esta ola de sangre y de dolor que hace que las mujeres vivamos con miedo.
Donde está no solo la iglesia Católica cuyos casos de abuso de niños es uno de esos capítulos vergonzosos del cual no logra escapar. Además, las otras iglesias tan dispuestas a ser actores políticos pero que son retardarías y machistas al no plantear la necesidad de mirar de manera distinta los nuevos roles de las mujeres en la sociedad. Se debe admitir que hay excepciones entre los sacerdotes, pastores y entre iglesias, pero la voz de los religiosos no se les ha escuchado defendiendo la integridad de las mujeres y sobre su derecho a vivir.
¿Será tan patriarcal esta sociedad colombiana que hasta cuando los hombres no salgan a plantear la necesidad de reconocer el verdadero valor de las mujeres, de respetar sus derechos como ciudadanas, de dejar que las niñas sean niñas, no se logrará un freno a estas muertes y violaciones que son inconcebibles en una sociedad normal?
