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Opinión/ Creado el: 2014-04-22 07:57

Mi mágico encuentro con Gabo

No podíamos desaprovechar la ocasión para conversar con la celebridad que teníamos, por mera casualidad, al alcance de la mano.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 22 de 2014

Yo era entonces un principiante y desgarbado estudiante de Derecho, inquieto por demás en temas literarios. Un día de abril de 1970, posterior a las reñidas elecciones entre Gustavo Rojas Pinilla y Misael Pastrana, había quedado de encontrarme en el Café El Automático con mi profesor de economía, Hernando Llanos. La cita era a las 5 de la tarde. Una hora antes se había precipitado un torrencial aguacero que produjo una catástrofe de aluvión en la ciudad. La avenida Jiménez de Quesada, de un momento a otro, quedó convertida en un río de aguas turbulentas que se deslizaban con furia desde los cerros, a cuyo paso arrastraron objetos domésticos, carritos de confites y cigarrillos, motocicletas, zapatos de transeúntes y un par de autos, de tal modo que la parálisis en el centro de Bogotá fue total. Yo me había refugiado en el restaurante La Romana, separado de El Automático por la Avenida Jiménez. Luego de tres horas, la lluvia comenzó a ceder. Cerca de las 7 de la noche, en cuatro o cinco zancadas pude atravesar la avenida y llegar al lugar del encuentro. ¡Una odisea! Allí estaba el profesor Llanos, desde hacía varias horas; al fin y al cabo esa era la más frecuentada sucursal de su biblioteca privada. También, ¡oh suerte!, se encontraba Gabriel García Márquez, en una mesa contigua, con el maestro León de Greiff y otros amigos suyos de habitual tertulia.

Gabo estaba de paso en la ciudad, procedente de Barcelona, la culta ciudad europea que, como toda España, vivía bajo los últimos alientos del régimen del generalísimo Francisco Franco, a donde él y su familia se habían trasladado después de publicar Cien años de soledad. Ocho o diez días después, el 3 de mayo, Gabo había de pronunciar en Caracas el célebre discurso sobre las razones que lo llevaron a convertirse en un escritor de oficio. La formidable novela que recoge la epopeya de Macondo y los Buendía formaba parte del boom latinoamericano y Gabo se perfilaba como uno de los grandes genios literarios de la humanidad. Tener tan cerca al creador del mundo mágico de Macondo, de cuerpo entero, para cualquier mortal era todo un privilegio de vida.

No podíamos desaprovechar la ocasión para conversar con la celebridad que teníamos, por mera casualidad, al alcance de la mano. Durante hora y media debimos soportar la densa nube de humo de cigarrillo que invadía todos los rincones del Café. El tiempo parecía estancado. Los contertulios de en seguida se levantaron, por fin. Tras despedirse del poeta León de Greiff y sus amigos, Gabo dirigió la mirada a nosotros. Fue entonces cuando, en un arrebato que por un momento quebró mi timidez ancestral, saludé al autor de Cien años de soledad, con tal emoción y confianza, que él correspondió a mi entusiasmo.

Le pedí a Gabo que nos acompañara un par de minutos. Tomó asiento con nosotros. "Nunca creí conocer, en persona, a uno de los más grandes escritores latinoamericanos", le dije con humildad. Gabo captó, más allá de mis palabras, la felicidad de un joven de 18 años abrumado por el casual encuentro. “Hombe, qué amable eres", respondió con su característico acento caribeño. Nos habló alrededor de diez minutos acerca de su nueva publicación, Relato de un náufrago, que quince años antes había sido publicada por entregas en El Espectador. Fue un encuentro inolvidable.

Post scríptum: En realidad, el encuentro nunca se dio; lo narrado es ficción pura, producto de esa magia fascinante de la imaginación que nutre en abundancia la literatura.