viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-04-23 05:55

Mi luto por Gabo

Tal vez fue Maristher Medina quien me prestó “El Otoño del Patriarca”. Era de los pocos compañeros de colegio que le gustaban los libros y podía comprarlos.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 23 de 2014

Devoré ese entramado poético en menos de una semana, y de allí quedó una profunda admiración por Gabriel García Márquez a quien desde entonces me atreví a llamar Gabo. Es su máxima epopeya del mamagallismo, escrita para insultar a los dictadores que por entonces campeaban con carnicería pronta por América Latina, pero el único aludido fue Julio Cesar Turbay Ayala quien obligó al autor de Macondo a exiliarse en México. Se marchó más que por los riesgos físicos, por el riesgo moral de vivir en un régimen policiaco. Sin duda el “Otoño…” es el mejor libro del Nobel, y el  menos mencionado, como lo es “El misterio de Edwin Drood” de Charles Dickens.

Se trata de una elaboración sempiterna, donde hubo un gasto con todo el arrojo de la prosa gabiana, sin antecedentes tal vez un único intento de Pío Baroja, para construir el poema sobre la catástrofe colectiva cuando las dirigencias se aposentan con  nalgas de plomo sobre las sillas del poder sin dirimir las consecuencias. Es la novela de especial arquitectura para detener en el tiempo la simpleza de ver convertida la razón humana en un maniqueísmo morboso que daña hasta la más inocente de las vírgenes, con el craso despropósito de la impotencia cuando no se puede procrear.

Un libro de resentimientos conservados por el tenor de una ignominia que se escurre entre las charreteras sudorosas de un dictador cansado, que al parecer añoran muchos connacionales sin rubor por el único temor de emprender un camino tolerable, para que la democracia campee con la discusión abierta y con el sentido de que no somos dueños de la razón y de que los antagonismos constituyen la inteligencia humana. Para no sentirnos infalibles, para despepitar el rosario cansado de las trascendencias, si las generaciones nos suceden con el crítico argumento de que ellos pueden hacerlo mejor, y la verdad es que el mundo de hoy es mucho  mejor que el vivido por nuestros antepasados.

Verso a verso García Márquez construyó “El otoño del Patriarca” con una idea que le regalara Álvaro Mutis. Una novela para la academia, sin premio, exordio a su genialidad hecha terca en el solitario ambiente de las frustraciones cinematográficas y los antecedentes de mal escritor. Ya se había tragado los sabores amargos de no pasar bocado cuando los editores le anunciaban que se dedicara a otra cosa, sin poder hacerlo porque ya había perdido media vida intentándolo y no había tiempo para echar reversa. Me quedo con “El otoño del patriarca”, porque en el entrecejo de un proyecto absorbente se disloca como el esfuerzo del creador para soplarle aliento de vida, porque en la absoluta minoría adorada tal vez el egoísmo impida a muchos leerla y porque no ha sido moda, sin demeritar los treinta y nueve libros restantes y ese himno de América que es “Cien años de soledad”.