Merecedores de nuestro destino
Pura ley de causa y efecto. Es decir, dos polos en una situación-secuela de comportamientos embrionarios, es el revuelo que ha causado en esta “tierra de leones” el reciente trino de la honorable representante a la cámara por el Centro Democrático María Fernanda Cabal.
Sí señores y señoras, contertulios y contertulias , dialogantes y dialogantas de nuestras esquinas cotidianas -¡zape Maduro!- La señora Cabal, futura administradora del arsenal legislativo colombiano, en un momento de éxtasis delirante o exultación contemplativa, refiriéndose a los amigos de siempre, Gabriel García Márquez y Fidel Castro, echó a volar este augurio memorable: “Pronto estarán juntos en el infierno”.
No me extraña el vocabulario montañero, inquisitorial y farisaico en bocas parlamentarias. Mucha basura e intrascendencia llueve sobre las sillas de ese ilustre hemiciclo (no olvidar el día en que los tres mosqueteros de la indecencia: Salvatore Mancuso, Ramón Isaza e Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez, todos muy chic, muy caché, muy snob, develaron el podrido trasfondo de ese “recinto de la democracia” con su indigna presencia cohonestada entonces por el gobierno y la sociedad). Lo que debería hacernos ¡clic! en el cerebro es la desmedida atención que medios de comunicación y personajes de la política y la intelectualidad colombianas, prestan a esta explosión cojitranca que no merece ni siquiera una mirada de reojo.
Por eso estamos como estamos. ¿Cómo es posible que semejante actitud, reveladora de taras ancestrales y subdesarrollos políticos, concite la atención nacional? ¿En qué liana nos mecemos todavía? ¿Por qué enarbolamos como válidas estas argucias que no merecen ni siquiera el calificativo de argumentos? Por uribista, centrodemocratista o voyerista de satánicas elucubraciones, doña María Fernanda aúlla en una cueva prehistórica. No sé qué edad mental la intoxica, qué era neblinosa la discierne, qué desactualización la reduce. Prestar atención a este pataleo de infante no es más que despilfarrar un tiempo que bien podría destinarse a intentar mirarnos con atención y proceder en consecuencia.
La futura honorable ¿Habrá leído siquiera el resumen destinado a los niños de primaria de alguno de los libros de nuestro Premio Nobel? ¿Sabrá de su ojo clarividente, de su organillo visionario? ¿Le habrá perturbado la siesta el aporte magnífico que a nuestra historia dio su claridad en el decir e imaginar?
En Venezuela dicen: “No tiene la culpa el ciego sino el que le da el garrote”. María Fernanda Cabal no nos debe nada. Ignorarla debería ser la única respuesta inteligente a su insignificante contoneo. Lo demás vendría por añadidura.
