María del Chuzar Hurtado
Mi padre me hablaba de dar ejemplo, de ser modelo de vida. Me hablaba que cuando uno se equivoca tiene que poner la cara, enfrentar los problemas con dignidad.
“Si un día cometes un delito, yo, el primero, te llevo ante la autoridad”, afirmó alguna vez, durante esos largos discursos morales que decía en las reuniones familiares donde tomaba la palabra y enseñaba con autoridad. Mi padre no cometió delitos, ni una sola vez tuvo que comparecer ante autoridad alguna. En muchas cosas he podido seguir sus enseñanzas, aunque a decir verdad he tenido que comparecer ante un juzgado civil por una deuda por el idiota servicio de respaldar un crédito a un supuesto amigo.
Por eso escandaliza la cínica actitud de la señora María del Pilar Hurtado. Montó una empresa criminal, aprovechando su posición como directora de la policía secreta colombiana, cuya misión principal era prevenir el delito, anticiparse al accionar de los delincuentes. Con paranoia se puso a perseguir desde el DAS a los miembros de las cortes, a políticos contrarios al gobierno, a periodistas, a defensores de derechos humanos. Su persecución reconcentrada llegó para escuchar conversaciones privadas, que el señor padecía de impotencia, la señora vivía la menopausia, el joven sufría de incontinencia. ¿De qué más puede hablar una persona en privado?
Entonces su mentor, Álvaro Uribe, le ha conseguido exilio, pero como la justicia se demora pero llega, con el cambio de gobierno, la corte de ese país se ha pronunciado declarando ilegal su permanencia en suelo panameño, dando vía libre para la repatriación de la posible delincuente. No se sabe cómo su mentor va a lograr que se siga escondiendo, aunque al parecer ya salió del istmo con destino desconocido.
Lo mismo que Luis Carlos Restrepo, el mal recordado consejero de paz, fugitivo como la Hurtado, dan una saña moral del peor renombre, por no enfrentar la justicia como es la obligación de todos los ciudadanos, aun así se equivoque la justicia, aun así los jueces tengan motivos tan claros para conminarlos en prisión, por el solo hecho de que la justicia es la justicia. La nuestra, nuestra justicia, es garantista. Los jueces en principio actúan en derecho, y con esa premisa, si son inocentes, pueden demostrarlo con todos los recursos que la constitución y la ley conceden.
Pero el hecho de huir, de contar con un protector que facilita su huida, da mucho para pensar en lo débil de su defensa. Y, además, en las implicaciones que tiene su captura, en el hecho de que puedan abrir la boca, poner a funcionar el ventilador. Sin dudas muchos del otrora alto poder saldrán salpicados de hediondo estiércol. Por eso le pagan escondederos a peso, con tal de que no vaya a caer en manos de la justicia, así tenga que esconderse debajo de las piedras.
Una cosa es cierta: no podrá esconderse por tanto tiempo, ni su protector podrá ocultar bajo el sol la disculpa de sus delitos. Tarde o temprano, para vergüenza de la patria se sabrá la verdad. Lo lamentable es que sea demasiado tarde. Es uno de los afanes por los que Zuluaga debería ganar la presidencia.
