Marcos Coll y nuestra superficialidad
Diógenes Díaz Carabalí
Murió Marcos Coll, el futbolista que marcara un gol olímpico a “La araña Negra”, el super-arquero de la selección Soviética en el mundial de Chile, cuando Colombia empató cuatro por cuatro. El hecho no tuviera trascendencia, sino es porque vivimos, tal vez hasta la tapada del Alacrán de René Higuita, alimentando la nostalgia de heroísmo producida en 1962, como si hubiéramos derrotado al imperio del “comunismo” en una guerra fratricida.
Son los comportamientos de un país descreído, de segunda clase, sin orgullo nacional, sin ponderación patriótica, del cual a los incautos no les interesa y quienes se creen de sangre azul sienten vergüenza. De este país, finca particular y de recreo de los cercanos al poder, y manera de sobrevivencia de quienes afincan sus intereses en una producción industrial restringida y en la tenencia indiscriminada de la tierra con el incentivo de una mano de obra “negrera” que deambula inoficiosa por nuestras ciudades. Marcos Coll es una isla de orgullo, un fenómeno surgido de nuestro resquicio patriotero, una vuelta de la mirada a nuestros linderos, endiosado por el fugaz instante de un tiro de esquina.
Todo porque nuestra nacionalidad es destello fatuo: de resto, nuestra cultura, nuestros valores, son copia de afuera; despreciamos lo que madura nuestra historia, florecen nuestros complejos de nuestro transcurrir cainesco, y lo peor es que seguimos escuchando a quienes ven en el nacionalismo a ultranza una opción confrontada de dejar vivir solo a nuestros simpatizantes. Por eso es más importante la música norteña mexicana, caída como anillo al dedo en nuestra mentalidad de enriquecimiento fácil, que nuestros pasillos y nuestros bambucos; y llevamos a euforia al vallenato, un ritmo de desconocido origen, venido en su génesis de un acordeón que a un alemán extraviado le dio por interpretar en medio del calicanto y el bochorno, para dejar en el olvido la gaita y las tamboras, hecho típico inventado por los medios masivos que apoyan la compra y venta de figurines asexuados.
En ese marco, de un patrioterismo forzado a las conveniencias de las emisoras del régimen, un humilde muchacho ayer fue héroe, hoy es villano. La historia irrepetible aplicada a los miembros de la selección que llevó al asesinato a Andrés Escobar. O la subida de James Rodríguez al olimpo y su sacrificio posterior. El declarar a Nairo el mejor ciclista del mundo, para después considerarlo ciclista del montón, como si de tantos fuera fácil lograrlo y cuando para muchos países terminar la competencia es ya signo de orgullo nacional. Todo porque somos un país descuadernado, sin tradición, sin historia; aquí los héroes de la patria fueron barridos de los billetes; desconocemos la leyenda de nuestra nacionalidad, pensamos que nuestros conflictos se arreglan a punta de leyes y decretos o eliminando al contrario, nuestra constitución es un invento romancesco que no nos interpreta porque aún no hemos sido fundados como nación; nos han hecho sentir vergüenza de nuestra sangre, de nuestros ancestros, de nuestras creencias, de nuestra cultura, de nuestro ser nacional. Vivimos algo propio del nacional-socialismo tan en boga por estos tiempos, mientras todos los días nuestros héroes se van sin despedirse, sin que nadie los recuerde, porque los Pablo Escobar ocupan su lugar.
