Luis Alfredo Ortiz, un maestro
Jhon Jairo Trujillo Quintero
El Consejo Superior de la Universidad Cooperativa de Colombia ha tomado una decisión desafortunada y difícil de aceptar por la comunidad académica de la sede Neiva; el maestro Luis Alfredo Ortiz, junto con otros funcionarios de la institución, han sido removidos de sus respectivos cargos. Es inocultable la desazón y el rechazo ante estas medidas reaccionarias de las directivas de la institución. El tamaño del absurdo de la noticia, sólo es comparable con el inmenso aprecio y admiración de los huilenses para el maestro Luis Alfredo Ortiz.
Luis Alfredo Ortiz pertenece a una categoría de maestros con lamentable condenación al ocaso. El maestro que enseña a pensar, a discutir y a tolerar la diferencia, tal vez por esa razón, es su inquebrantable compromiso con la construcción de la paz. Sus clases de derecho son un pacto con la realidad. Las normas jurídicas deben interpretarse desde la complejidad de lo social; por eso pensábamos con los pies en la tierra, con el peso del país en los hombros, con las pupilas dilatadas por la admiración y el respeto mutuo.
Recuerdo las palabras de otro gran maestro; él me decía que la labor del verdadero profesor, tenía semejanzas fundamentales con la asistencia médica del parto. Así como el milagro de la vida es posible por la asistencia galena en el nacimiento, la labor del maestro, consiste precisamente, en orientar al estudiante para que dé a luz sus verdaderas potencialidades y virtudes. El maestro no es el que impone su criterio e ignora las opiniones adversas a la propia, ni mucho menos es el pedestal infalible de la cátedra. El auténtico maestro ayuda al estudiante a encontrar su camino, le enseña a caminar en las penumbras de la incertidumbre; respeta y enaltece al educando con la elocuencia del ejemplo.
Al pensar en su legado académico, ávido de nuevos retos y esperanzas, es inevitable recordar una frase inolvidable para cualquier miembro privilegiado de sus clases, “en el abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos”. El alma de la toga, de Ángel Osorio y Gallardo, no sólo es el preámbulo predilecto en el paisaje de sus cátedras, su enseñanza más cristalina e invulnerable a los años; también es su filosofía de vida.
El arrebato de los directivos de la Universidad al despedir a más de una decena de funcionarios de la sede Neiva y suprimir el programa de equinoterapia; representa el zócalo de la vergüenza, secundado por una cadena de errores interminables. Las reformas promovidas en lugar de fortalecer la autonomía de las sedes y garantizarle un mayor margen de disponibilidad de los recursos; sólo han profundizado el modelo centralizador y dependiente. Si el peso de la ignominia lograra vencer la arrogancia de la insensatez, los directivos de la Universidad comprenderían la dimensión de su injusticia y reintegrarían a todos los funcionarios despedidos.
Mientras esa remota posibilidad se logra materializar, o el memorial agravios se pudre en los anaqueles de la historia; sólo queda recordar la razón fundamental de esta indignación diáfana y propagada. El agradecimiento colectivo de estudiantes, profesionales y ciudadanos, a la labor ejemplar del maestro Luis Alfredo Ortiz. Pocos profesores se merecen llamar maestros, pero en su ejemplo de coherencia entre la formación académica y humana, se compagina a la perfección ese apelativo reservado a los inquebrantables en la memoria.
Apreciado amigo, aún hay luchas en el horizonte, y el anhelo de la paz, precisa de maestros de la reconciliación y el entendimiento.
