Los sapos por tragar
Si el estado pudiera reducir a prisión a los grupos guerrilleros, claro que sería evidente la inutilidad de los diálogos de paz, pero en sesenta años los jefes guerrilleros han sobrevivido, los más importantes han muerto de viejos, de muerte natural como el más longevo y benefactor de los abuelos.
Digamos que los caídos en combate son presupuesto de guerra, quienes se aventuran en combates de guerra de guerrilla lo saben, pueden morir en cualquier enfrentamiento, como en la canción del nicaragüense Carlos Mejía Godoy, “La tumba del guerrillero, dónde, dónde está…”
Ni el agresivo gobierno de Guillermo Valencia, ni el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, ni la época rosa de Belisario Betancourt, ni la zona de distensión del ‘heroico’ Pastrana (el niño), ni la agresiva acción militar y paramilitar de los ocho años de Uribe acabaron con la guerrilla, con su estructura, con su accionar, sobrevive gracias a las discutidas causas objetivas y subjetivas que tampoco el estado ni la sociedad ha podido solucionar, para extirpar de una vez por todas el discurso que les ha permitido sobrevivir como organización política-militar.
Digamos que la guerrilla está infiltrada en la conciencia nacional, como está infiltrada por el narcotráfico, como la corrupción política, la excesiva igualdad predicada desde sectores oscuros para justificar actos delincuenciales, como la intención de fugarse al exterior después de la comisión de un delito que pervive en las altas esferas sociales. Tengo presente cuando jefes políticos pedían permiso a comandantes guerrilleros para desempeñar su labor proselitista, los mismos que desde el congreso despotricaban en todas direcciones de la izquierda y de la subversión armada. Varios candidatos a alcaldías, concejos municipales, asambleas departamentales, al congreso, iban a los campamentos guerrilleros para recibir su bendición, y hasta muchos se quedaron en la montaña, muertos, “enjuiciados y ajusticiados” por su intento. Ha sido igual la apología hecha a la guerrilla, que a los capos de la mafia, que a los militares violadores de derechos humanos, que a los corruptos a quienes muchos justifican con el argumento de que “hay que aprovechar la oportunidad”.
En conclusión, muchos tenemos la culpa de esta guerra. Vivimos en una sociedad sobretodo injusta, existen diferencias sociales abismales. La acción de la justicia, a pesar de que tenemos leyes para todo, es muy limitada. Los sistemas de salud son inoperantes, no hemos encontrado la forma de crear un sistema eficiente, que incluya a toda la población. La educación es elitista y de pésima calidad. El sistema tributario es discriminador, la mayor carga impositiva descansa sobre los hombros de quienes tienen menos ingresos, mientras las grandes empresas y las multinacionales gozan de amnistías y prebendas.
Básicamente esos son los sapos que nos tenemos que tragar para conseguir la paz. Que no lograremos con la firma de un tratado con las organizaciones guerrillas, quienes sufren en su interior problemas idénticos, y, sino, cuántos comandantes se han fugado con “guacas” o han escalado posiciones gracias a asesinatos, tráfico de droga, explotación indiscriminada de minería o concesiones ganaderas dadas a campesinos en sus zonas de influencia con condiciones de desventaja. Ante todo se necesita una pedagogía de la paz, no tanto el discurso oportunista con que desde la paz o la guerra nos bombardean tras oscuros intereses.
