jueves, 16 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-05-06 06:13

Los docentes

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | mayo 06 de 2015

En una esquina, los docentes colombianos enarbolando consignas como banderas desteñidas. En la otra,  el consabido martilleo: “No dialogaré –dice la ministra- si los maestros continúan en pie de guerra”.

Lo que sucede es que la cofradía docente colombiana es lo más evidente entre las incoherencias  gremiales que a diario nos recuerdan dónde estamos. Por un lado, en sus manos reside la educación de nuestra juventud. Es decir, la máxima responsabilidad social, el superbo (como decía mi maestra de segundo de bachillerato refiriéndose la máxima calificación concedida al vocablo), compromiso humano. O sea, que  esos marchantes sudorosos de hoy, representan los máximos artífices del tiempo colombiano. Son, por consiguiente, los funcionarios más importantes con que cuenta la esperanza del país.

Oigo a lo más pensante de nuestra dirigencia, empezando por el Presidente de la República, señalar a la educación como suprema necesidad del pueblo. Los florilegios verbales revientan como pimpollos de primavera en sus arengas y promesas, mientras nuestras ciudades ostentan universidades al por mayor, muchas de las cuales son solo una fachada con exorbitantes erogaciones en tiempo y dinero. En el campo el panorama grazna. Los pequeños alumnos, alpinistas, buzos o campeones de obligantes caminatas largas y polvorientas, carecen absolutamente de todo, incluidos techo, paredes, piso, pupitres, asientos, libros, cuadernos, lápices, y pare de contar.

Por muy curtidos o negligentes que seamos, sabemos que la redención humana reside en el acopio de conocimiento útil para el cerebro y el corazón. La primera lección se imparte en el hogar, la segunda en la escuela. Madre, padre y maestro son trío irreemplazable. Entonces, ¿Por qué  los segundos no reciben el merecido reconocimiento? Ni siquiera jerárquicamente ocupan el lugar que les corresponde. Por simple pragmatismo, deberían ser funcionarios no digo privilegiados de manera gratuita. Sus jornadas, muchas veces duplicadas, exigen reconocimiento social y remuneración equitativa. Tiene mucho de utópico la imagen del educador. Por un lado, se mitifica; por el otro, se relega.

Si de algo carecemos en Colombia, es de educación. La carrera docente es una especie de escampadero. Ahí se refugia el que no ha podido ingresar a la universidad. Son profesionales mal pagados, mal preparados y siempre vistos por encima del hombro. Deben luchar con esa visión excesivamente permisiva que lo reduce a voz de segunda categoría.

En el mundo en que rodamos soplan vientos agoreros. Mucho de lo que hasta hace algunos años era casi monolítico, voló en astillas y  por lo tanto, la cátedra tradicional, donde un señor o una señora de gargantas a  prueba de bomba, convertían el habla en único oleaje comunicativo entre las dos orillas, fue reemplazado por el manotazo o la magia del internet. Las consecuencias están a la vista y vayamos a lo que nos interesa: el meollo humano.

Es innecesario glosar las maravillas electrónicas. Obvias sus virtuales realidades, palpables sus jeroglíficos omniscientes. Pero más allá de la pantalla o el teclado, incólume en su espacio de circuitos invisibles, el cerebro humano se yergue como único inventor y narrador  del cuento. Así será por los siglos de los siglos, porque no se trata en este caso solo de achicar el tiempo o de multiplicar el ojo y el oído. Ese “timbre humano, ese sabor vital y subsuelo” que mentaba Vallejo, solo nace y medra en los laboratorios de  la sangre.

Los colombianos queremos la paz. Está dicho, remachado y sentido. Si es así, ¿por qué no empezamos por dotar como lo merecen, a los formadores de la ciudadanía del futuro? En vez de saquear el erario que nos pertenece a todos sobornando o remunerando de manera casi obscena el clan privilegiado. En lugar de proceder como mercaderes o indotados mentales en el momento del reparto, sino por honestidad al menos por pragmatismo, deberíamos, gobierno y sociedad, empezar por el principio.

Ya es hora de que aprovisionemos de autoestima y equitativa remuneración al educador. Démosle instrumentos para trabajar y categoría para ser.  Solo así podremos exigirle.